En mi familia, prácticamente todos, son católicos. Fui bautizado, confirmado, hice la primera comunión y estuve estudiando en escuelas fundadas por “santos” católicos. En primaria y secundaria en el Colegio Simón Bolívar (San Juan Bautista de la Salle) y la preparatoria en la  Universidad Panamericana (Opus Dei – Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer) Íbamos cada domingo a misa a alguna iglesia y todo parecía indicar que yo era un buen católico.

Sin embargo, siempre que entraba en una iglesia me preguntaba ¿por qué estaba ese señor ahí crucificado? En algunos templos era sólo la cruz y una representación, pero en otros parecía que alguien había olvidado llamar a una ambulancia para llevarse el cadáver aún fresco que colgaba de la cruz. Era un espectáculo grotesco y hubo veces que me daban ganas de vomitar.

Tenía una gran cantidad de cuestiones

¿Por qué la virgen era tan venerada y por qué yo no podía llamar virgen a mi mamá sí ella era la mujer que más quería y veneraba del mundo?

¿Por qué la gente se duerme en misa si es tan importante lo que dice el sacerdote?

¿Por qué cuando pongo atención al sermón de las misas pocas parecen tener sentido?

¿Por qué las monjas no pueden oficiar misas y por qué todas las que he visto son feas y se ven tristes?

¿Por qué si Dios ve todo permite que sucedan cosas malas a gente buena?

Y así podría seguir la lista.

Un niño con estas preguntas sólo recibía como respuesta frases tales como “Cuando seas grande lo entenderás”, “Así lo quiso Dios”, “Es dogma de fe”, “No digas eso, te vas a ir al infierno” pero nadie respondía coherente ni pacientemente mis preguntas. Todos me callaban o me tiraban de niño loco o malo.

¿Por qué nadie me daba una respuesta real? O no saben, o ellos también se lo cuestionan pero les dio pena preguntar.

Mientras estuve en la primaria, teníamos clases de catequismo y religión. Los maestros no me querían y aunque era del club de los “matados” porque mis calificaciones no bajaban de 9, los maestros se enojaban cuando preguntaba “cosas sin sentido” como decían ellos. “Un niño no debe andar por ahí cuestionando a Dios. Te vas a ir al infierno”

Peor aún, querían que fuera a sus “misiones” y “retiros” para que “conociera de cerca a Dios”. Esa última frase sí me daba miedo. ¿No que Dios estaba en todas partes? ¿Por qué tenía que ir a algún sitio alejado de mis padres para “conocer de cerca a Dios”? NO! Nunca les dije a mis padres del acoso constante que sufría con las “invitaciones” Si iba a conocer a Dios, ¿por qué lo promocionaban con juegos, rica comida, actividades de campo y cantidad de pretextos que nada tenían que ver con Dios? Fue antes de cumplir diez años que comenzó a crecer mi desprecio por la religión católica.

No lo mencioné a mis padres en aquel entonces porque mi mamá es muy católica y percibía cómo se agobiaba con mis preguntas. Y a mi papá, le molestaba hablar del tema y más cuando, según él, discutía demasiado cosas que simplemente debía yo de creer. No quería tampoco agobiarlos, eran comprensivos y en el fondo sabía que ellos tampoco tenían todas las respuestas.

En secundaría observaba a los alumnos “aplicados” que asistían a las famosas “misiones” y ya no eran tan sociables. Durante los descansos, jugaban deportes y convivían con compañeros del club misionero, pero ya no se llevaban igual con aquellos que no habían ido a las “misiones” o que, como en mi caso, habiendo sido invitado, rechazaban el “honor” de haber sido escogidos.

En esos años ya no era tan “matado” o “aplicado”. Mi cuerpo de niño había estado creciendo y gracias al ejercicio embarnecía – nada que ver con Barney el dinosaurio – en un adolescente robusto. Mi papá tuvo a bien meterme a clases de Karate y fue ahí donde conocí el poder.

Ya no era el niño del que algunos podían amenazar para que me dejara copiar o para que les pasara tareas. Ahora podía imponer mi voluntad y decir “haz la tarea tú mismo maldito inútil descerebrado” y hacer que esos que antes me molestaban, se fueran “con la cola entre las patas” al recibir mi negativa. Y si alguno osaba en obligarme, se encontraba con una llave o un golpe en el estómago que hacía llorar al más aguerrido.

Probé mi recién adquirido poder con mis profesores, preguntando todo lo que me venía a la mente y además discutiendo las respuestas que me daban. Estoy seguro que los profesores de Teología y Orientación educativa temblaban cuando les hacía preguntas como: ¿cuál es el sentido de que María fuera virgen o no? ¿Quiere decir que las mujeres que ya no son vírgenes valen menos como personas que las que aún lo son? Sabían que no podían responder con sus clásicas respuestas estúpidas y sin argumentos porque eran bombardeados por más preguntas que los hacía quedar en ridículo, y lo que era peor, la clase escuchaba lo que yo decía y podía influenciar negativamente para ellos.

Algunos respondían con pasajes de la Biblia o se escudaban en el libro de texto, otros de plano esquivaban la pregunta y me ignoraban y muchos me atacaban visiblemente porque yo era un hereje y tenía que cuidarme porque podía irme al infierno. Salí de la secundaria pensando que la religión católica era un fraude.

Aunque contaba con el “pase automático”, no quise entrar en la preparatoria de la Universidad la Salle. No quería pasar otros 3 años de mi vida rodeado de gente con la misma tendencia de la “obra” del “santo” de la Salle. Así que opté por la alternativa que algunos tíos me compartieron y que pregonaba ser la mejor alternativa: la preparatoria de la Universidad Panamericana (UP). Una institución comandada por el Opus Dei – en aquel entonces me sonaba muy nice – y que constituía la elite católica; mis primos se habían graduado de ahí y además, ahí tal vez podrían dar respuesta a muchas de mis incógnitas. No sabía lo que me esperaba a ese respecto.

En esa preparatoria conocí a amigos de toda la vida y por ello, estoy agradecido. Seguía de rebelde y por esos años conocí la famosa fruta prohibida: la mujer. Desde la primaria había estado en escuela de varones. Mi única interacción con mujeres era a través de mis primas y una que otra vecina que aparecía en escena. Pero ahora asistía a comidas, fiestas, discotecas y bares y en todos ellos había tantas mujeres como hombres. Wow! ¿Dónde había estado metido? Me había perdido de algo maravilloso: aromas, sensaciones, miradas, puntos de vista y un mundo del cual era completamente ajeno. Ahí comenzaron las preguntas.

En la UP cada alumno cuenta con un preceptor que te apoya durante cada ciclo escolar, te escucha y lleva un seguimiento de tus estudios. Chido ¿no? Y a ellos les pregunté ¿Por qué hay una UP de varones y otra de mujeres? Las respuestas no fueron tan estúpidas como en La Salle. Esta vez algunas sí tenían sentido. Me respondieron que así se evitaba la distracción que podían ser las mujeres para los hombres. También, que aprendían de manera diferente a los hombres y era más adecuado así. Ok. Acepto que éstas me las tragué así.

Tengo una cita en 1 hora por lo que postearé esto y continuaré más tarde…

Abur

Segunda parte aquí