Mi espacio utópico y catártico

Historias de Gimnasio S01-1


Pues hoy estoy escribiendo desde un City Café, precisamente en el de la plaza conocida como Eureka en el DF. A veces acudía a este club a hacer ejercicio en lo que bajaba la carga de autos que hacían que el tránsito fuera tan rápido como andar en bicicleta en pleno periférico. Recuerdo que me gustaba mucho, no sólo porque podía encontrarme con bellas criaturas 😉 sino porque también me encontraba con entidades sumamente peculiares que llamaban más mi atención que las criaturas de cuerpos esculturales.

De repente aparecían artistas, algunos que no identificaba pero al ver que la gente secreteaba al volver la cabeza y verlos, sabía que eran personajes públicos. Fue aquí donde me surgió la idea de escribir las “Historias de Sport City” – imagina un redoble de tambor como música de fondo –

Esta será la primera entrega de estas crónicas de mis días mientras hago ejercicio. Serán campechaneadas las pasadas, con las actuales, ya que tengo varias anécdotas del pasado que he querido plasmar en letras y aquí es mi espacio. He cambiado el nombre a “Historias de Gimnasio” ya que considero que lo que plasme aquí será común entre los lugares a donde se acude a ejercitarse y por otro lado, no quiero hacer propaganda gratis a los clubes del deporteísmo. Ya cuando me vuelva más conocido, en una de esas acuden a mi para que promocione sus bondades 😉 (con un buen billete de por medio o ya de perdida, unas cuotas de mantenimiento por “adela”)

¿Por qué decidí hacer ejercicio?

Me considero deportista desde que tenía unos 13 años y todo se lo debo a mi señor padre 🙂 Casi toda mi vida he sufrido de sobrepeso. A veces unos pocos kilos y otras hasta 20; actualmente estoy en esos 20 kilos de más. Mis padres, preocupados no sabían cómo motivarme para que hiciera ejercicio ya que comía – y como – “muy bien”. Mi mamá siempre se preocupó por nuestra nutrición, además de que cocina delicioso. ¿Qué hacer entonces?

El truco que logró hacer que desarrollara el gusto por el ejercicio fue el inscribirme en Karate Do en la secundaria. Al principio sufrí mucho porque era el mayor en edad y en volumen – en aquel entonces estaba arriba unos 5 kilos – pero conforme tomaba condición física y me hacía más fuerte, se fue desarrollando una casi adicción al ejercicio. Por una parte era al proceso del esfuerzo físico y el alcanzar metas, pero el control sobre mi cuerpo, la elasticidad y el bienestar general que me producía hizo que fuera, desde esos tiempos, una parte importante de mi vida.

Finalmente, desde hace unos 3 años me inscribí en el club del deporteísmo. Me gusta esa campaña publicitaria y pienso que si en verdad fuera una religión, sería la única que hace más bien que mal y además que une realmente entre sí a sus adeptos. Inicialmente me inscribí en la categoría mamona que es “multiclub”, además de que era la más adecuada dada que andaba por toda la ciudad de México visitando clientes. Sí de regreso a casa el tránsito me detenía, en vez de pasarla dentro del coche, me metía a cualquiera de los clubes que me quedara cerca.

Gracias a eso pude conocer e identificar las características de cada club. Son curiosas las características que se pueden observar, no sólo por la gente que va – misma que es definida por la zona en la que se ubican – sino también por las actitudes, estilos e idiosincracia en general que evidencian que estás en otro “pueblo” dentro de una ciudad.

Esta es el primer capítulo. Y como mencioné líneas arriba, iré “campechaneando” – expresión usada en México para describir una situación en la que se presenta alternancia de elementos en una mezcla – 😛 entre los “viejos días” y las experiencias nuevas.

Actualmente me quedé en un sólo club, por economía y porque me encuentro ya en una situación laboral distinta que no requiere que me ande transportando tanto. Y si lo hago, generalmente es por la zona Sur muy cerca de la montaña.

Mañana comenzaré con las experiencias del Club Sureño.

Abur

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