Mi espacio utópico y catártico

El mejor regalo del día del padre.. para el hijo


Horno cool

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Hoy es otro de esos días comerciales impuestos por la tradición en un afán de recordar a una de las partes que nos dio la vida, crió y nos dio una oportunidad para estar en este planeta: nuestro padre.

Respeto al mío y la mayoría del tiempo podemos comunicarnos bien y tener conversaciones enriquecedoras. Todavía nos reímos y podemos enojarnos con los comentaristas de box. Claro, como todos y cualquier persona, tiene sus detalles no tan agradables y otros que rayan en la incomodidad y molestia. Pero no deja de ser mi padre y no dejo tampoco de quererlo. Hoy tuve una desilusión que, en pocos minutos, convertí en alegría y en algo sumamente valioso.

Mi papá siempre ha sido la persona que más me agobia al querer hacerle un regalo. Desde hace 15 años que empecé a trabajar, quise darle presentes que expresaran mi agradecimiento y admiración aprovechando ocasiones como su cumpleaños o, como esta vez, el famoso día del padre. Las historias son varias, así que sólo compartiré las más representativas.

Alguna vez, estuve recorriendo tiendas durante días de nevadas por las calles de Munich. Quería encontrar una Meisterstück de Mont Blanc que no fuera la “clásica” negra que tiene todo el mundo. Encontré una color marrón que parecía dedicada a la realeza. La pluma está guardada en algún lugar de su oficina. Nunca se la he visto en la bolsa de la camisa o que siquiera la use.

En otra ocasión, llegué a oler decenas de fragancias y a donde llegara, incluso en los SkyMall y tiendas de aeropuertos, preguntaba y pedía muestras. Quería darle opciones para comprar la loción perfecta para él. Sin embargo, al llegar y preguntarle y decirle y mostrarle, él prefirió su loción de siempre: Guerlain Vetiver que, por cierto, tenía dos botellas sin abrir todavía.

Varias veces he querido invitarlo a un restaurante de mejor categoría que los Vips, Toks que, por cierto, le encantan. Casi en todas las ocasiones y salvo una o dos excepciones, se siente incómodo y termina peleándose con el mesero, el gerente o al que ose traer su corte menos que bien cocido o sus ya famosos “dos chipotles aparte” No es buena idea ir a comer con él.

La única vez que le ha gustado un regalo y que usa prácticamente todos los días fue la vez que le regalé un Gameboy rojo que le traje de los Estados Unidos cuando aquí todavía no llegaban. Recuerdo que no estaba tan seguro porque era rojo, pero era el único que había. Tenía un solo cartucho con un juego muy parecido a Tetris; pero a él le encantó. Hasta la fecha, lo juega antes de dormir y a veces o por la mañana para distraerse. Dado que se “comía” las baterías en menos de una semana, optó por comprarle un eliminador y un adaptador para la corriente; mismo que ha mandado reparar como 3 veces de que se trozan los alambres por el uso. Fue el mejor regalo que jamás le haya dado.

El día de ayer pensé que tenía otro regalo que podría ser útil, que no guardaría o le haría cara como los otros fuera del Gameboy. Había escuchado que se quejó alguna vez con mi mamá de no poder calentar su comida porque se había descompuesto el microondas de su oficina. El viernes aún no había ido el “técnico” que llamó para que se lo reparara, así que pensé: “un nuevo horno de microondas para su oficina será el regalo perfecto parte 2”. Lo usaría todos los días, se evitaría de esperar la reparación del otro y además le permitiría tener café caliente y tal vez saciar el antojo de comer palomitas de maíz o una maruchan.

Cerca de las 9 de la noche estaba ya en WalMart comprando el microondas. No tenía que ser el más caro, tenía que ser pequeño, elegante y fácil de usar – mi padre, como la mayoría de las personas mayores de 65 años, no comulga, ni tiene interés en la tecnología. Hace uso de ella sólo que le sea indispensable – por lo que opté por un LG pequeñito con puerta de aluminio y cristal negro que se veía elegante.

Hoy por la mañana saliendo a desayunar quise darle la sorpresa. Le pedí que abriera la cajuela de su coche para que me ayudara con algo. Estaba ansioso por ver su cara al ver el microondas y saber que mañana podría calentar su comida, café, o lo que fuera. Al abrir la cajuela y sacar la caja le dije: “Es para ti, lo compré para que ya no sufras con el tuyo que está sin servir”

Silencio.

Una pequeña mueca con la boca medio abierta fue todo lo que acertó a expresar.

Más segundos… más silencio.

Al ver su cara, el corazón me dio un vuelco y la expectativa se tornó en decepción.

“¿No te gustó? ¿Está muy grande?” –le cuestioné rompiendo el silencio incómodo que se generó. “No. No es eso.” “Es que el mío todavía está en garantía y pues ya lo voy a reparar.” – me dijo él con un tono que no acerté a descifrar.

He desarrollado cierta habilidad para descifrar diversos comportamientos en algunas personas: Clientes, amistades familiares y gente que acabo de conocer. Pero con mi padre, es imposible saber qué piensa o por qué hace lo que hace.

“Ok, te lo dejo en la cajuela y al rato vemos.” –  cerré la conversación y me subí a mi auto.

Odio cuando una situación me descontrola y esta vez odié más porque una lágrima peleaba por salir de un ojo.

“¿A dónde vas cabrona lágrima?” “No se te ocurra salir ahorita” – Me acomodé las gafas de sol y camuflé mi decepción e impotencia con lo que acababa de suceder.

Suena ridículo y simplista. Pero era mucha la expectativa de que después de años, por fin iba a poder regalar a mi papá algo que le gustara y el que se hubiera caído en sólo 5 segundos golpeó duramente mi orgullo y sistema emocional.

Ya en el coche conduciendo y teniendo la odisea de ver dónde desayunar, volví a tomar color y tranquilidad. El esquivar microbuses y la plática que derivó de encontrar periférico cerrado por la carrera del día del padre lograron la magia: paz.

Llegando a su casa le pedí la caja del microondas comentando que no se preocupara, dado que estaba cerrado y la compra había sido apenas ayer, lo iba a regresar y no habría cargo extra ni nada. Dudó en aceptarlo cuando mi mamá comentó que era mejor tener uno nuevo que esperar a que le repararan el viejo, pero interrumpí la escena metiendo el horno a la cajuela de mi coche.

Esto pudo ser un capítulo más de la serie “Dale de regalo a tu padre algo que no le guste y que no use” pero no me enganché. Quise compartir lo que pasó por mi mente antes de llegar a comprender nuevamente el equilibrio de las cosas en el universo, por más ridículo que suene.

Mi padre es así, es difícil de complacer y casi siempre pone un “pero” a las cosas. Si compro algo, siempre pregunta el precio y sale con que él lo puede conseguir más barato a excepción de cuando hablo de cualquier cosa con chips o metales que no entiende.

Cuando iba en tercero de primaria hubo una competencia de natación. Me partí el lomo y luché contra un calambre y contra el chavito que ganó el primer lugar. Al terminar y salir de la alberca volteé hacia las gradas buscando a mis papás con la convicción de que habían notado el titánico esfuerzo que acababa de hacer. No fue así. El recuerdo de mi papá moviendo la cabeza oscilando de lado a lado mientras levantaba su mano con el pulgar apuntando hacia abajo en desaprobación, todavía me estremece y hace que me duela el pecho al recordarlo.

Así es él. No piensa en lastimar a alguien al ser como es. Es su forma de ser y su cariño lo ha demostrado siempre proveyendo lo que necesitábamos, preguntando cómo nos iba en la escuela, el trabajo, etc. Haciendo todo por satisfacer nuestros caprichos: mi Commodore 64, mi primer cámara fotográfica, el Atari, el reproductor de CDs para la casa en los 80s, las llantas y el equipo de sonido para el coche que él manejaba pero que nosotros presumíamos, toda la escuela de mi hermano y la mía, vacaciones dos o tres veces al año, los Reebok, luego los Nike, los Guess, los RayBan, mi tarjeta de crédito y un larguísimo etc. No nos ha fallado y ahora que a mí me cuestan las cosas, me doy cuenta que debe haber sido un esfuerzo brutal de su parte para que no nos faltara eso y más.

Sus regalos favoritos que le damos son el platicar con orgullo cada vez que salgo de viaje. Contar a los familiares que compré un coche deportivo o que cambio de computadora más que de calzones. Él puede ver que su esfuerzo no se fue a la basura del todo; hasta eso, no salí tan mal 😉

Gracias a que fui ayer a comprar su horno, encontré que los electrónicos tienen descuento y están a 24 meses en WalMart. Quiero regalarme una pantalla de LED y gracias a que fui por su regalo ahora no será de 40” sino de 46”y por el mismo precio.

Entonces, recordando las veces que ando sufriendo – por mi elección porque el único que se pone en posición incómoda soy yo – buscando qué regalarle, siempre ha habido algo positivo y una sorpresa que resulta ser un regalo para mí.

Me siento egoísta porque ahora me doy cuenta que quiero ver su rostro de satisfacción al darle mi regalo. Sí pienso en él y en qué le puede gustarle o serle útil, pero estoy esperando su aprobación. ¿Entonces el regalo es para él o es para mi?

Finalmente, él es como yo; o más bien, yo soy como él. A mí tampoco me gustan mucho los regalos. Prefiero comprarme las cosas porque siento que nadie me da lo que realmente me gustaría… hmm ¿Entonces de qué me quejo?

Ambos somos felices como estamos. Yo no tengo problema si no me felicitan en mi cumpleaños o si no me dan regalos, él es así también. Es feliz teniéndonos cerca y estando con mi mamá. Los que buscamos regalarnos algo al darle a él, somos los demás.

Lo admiro y me siento contento de tenerlo conmigo al igual que a mi mamá.

Gracias por el regalo papá. Porque sin saberlo, el que me regaló algo muy valioso desde que nací y  esta vez hoy, eres tú…

Feliz día del padre.

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Una respuesta

  1. Patty

    Me encanto…. asi es siempre con papas y mamas…. un saludo…

    junio 20, 2011 en 15:37

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