Mi espacio utópico y catártico

Querer no es poder… requiere adrenalina.


Hannibal_Lecter

Decían por ahí, “querer es poder” Y diciéndote esa frase querían decirte que, con el hecho de querer algo podías obtenerlo. Que lejos está de la realidad.

Hay días en los que todo es perfecto. Me despierto temprano – temprano es alrededor de las 7de la mañana – y con energías recuperadas. Con ganas de hacer cosas. Preparo huevos para el desayuno; la yema es perfecta, el sabor excelso. El jugo de naranja parece que lo acaban de exprimir de naranjas recién cosechadas, aunque es Florida’s Natural (algo caro pero bien vale la pena) Hablo a aquellos clientes que me deben información y en minutos la tengo en mi bandeja de correo. Me baño y el agua cubre al cuerpo como si fuera esa cobija con la que me cubría mi mamá estando pequeño y de la que no quería salir nunca.

El día transcurre así… todo pasa como debe de pasar. No hay sorpresas, parece que vivo en un capítulo de alguna serie aburrida de televisión. Llega la tarde y la mente se conforma con alguna actividad hueca: netflix, internet, nada interesante. Saco a pasear al perro y quiero regresar para poder dormir temprano y terminar de saborear el día “perfecto”

Pero no es un día perfecto. Es un día regular, plano y sin emociones. Si acaso quisiera algo, en ese día no lo iba a obtener porque me iba a encontrar cómodo y comfi en mi día perfecto. No querría más.

En un dia casi perfecto iba conduciendo tratando de entrar al periférico y no falta aquel que se quiere meter hasta adelante sin hacer fila. A veces pienso que lo hace porque tiene prisa y necesita llegar a tiempo a su destino. Pero otras veces sale la emoción y el deseo de aleccionar a todo aquel que osa a seguir acciones que atentan contra mi día perfecto.

Como me tocó 3 autos adelante que no lo dejaron pasar, “avienta lámina” y me obliga a pegarme a la izquierda casi pegando con la banqueta. *suenan alarmas en la cabeza* Voltea por el espejo lateral izquierdo buscando mi mirada y se ríe satisfecho porque le ganó a una camioneta.

– “Hijo de mil rameras bastardas” – Una vez que me pasó, frena y hace una seña que en México tomamos como ofensiva a nuestras madres. – “¿Muy calientito animal? Veamos cuánto lo estás” – pienso o lo digo mientras cambio al slot 6 del CD que contiene la música, ya sea para llegar rápido a algún lugar o para querer perseguir individuos que osan meterse conmigo cuando voy conduciendo.

En las bocinas se escucha “Ritualist” de Dimmu Borgir, acelero y me emparejo con el conductor del Toyota Corolla. El vidrio del pasajero ya está abajo y le grito la típica demanda que comienza toda reyerta callejera: “¿Qué te pasa pendejo?” Cierra su ventanilla y sigue hablando a a través de sus audífonos alámbricos. – ¿a qué tamaño de imbécil se le ocurre ponerse los audífonos para hablar y tomar el teléfono con una mano? ¿No es precisamente lo que quieres evitar? ¿Tomar el teléfono con una mano?

Dado que el resultado no fue el esperado, giro hacia él aventando las casi 2 toneladas que voy conduciendo cerrándole el paso. Apago rápidamente el motor y me bajo sintiendo la carga de adrenalina en el torrente sanguíneo. “A ver pendejo me vas a responder ahora. ¿Qué chingados te pasa? Haces que casi choque con la banqueta y luego te haces el que no hizo nada.”

Es verdad lo que mencionan en la película “Fight Club”: no es sencillo hacer que la gente quiera pelearse, por lo menos, no a golpes. El tipo asustado sólo movía su dedo haciendo giros en su oreja y murmurando temblando “bueno, usted está loco. ¡Ya! Lo siento.” Avienta el auto, se burla y luego no tiene los huevos para asumir las consecuencias de su actuar.

“Maldito puñaloide” le grito dándome la media vuelta. Me subo a la camioneta y me doy cuenta que me tiemblan las manos. La respiración agitada parece que hubiera terminado una pequeña carrera de 20 minutos. “Pinche adrenalina. Es cabrona” pienso para mis adentros. Llego a casa y lo primero que hago es sacar la ropa deportiva e ir a correr al jardín con el perro.

Tengo meses queriendo hacer ejercicio para bajar poco a poco de tallas y por más que quiero “puras habas” La ropa ya me queda apretada, la condición se encuentra muy por debajo de lo que estoy acostumbrado, pero un evento que genera adrenalina logró moverme para realmente poder.

Entiendo que las riñas en las calles son una reverenda estupidez. Ahora que reflexiono mientras escribo, me siento un pendejo por haberme dejado llevar. Sin embargo, le agradezco al conductor del Corolla el haber provocado esa derrama de adrenalina… Ese día llegué a correr para recuperar condición por si se hubiera bajado y nos hubiéramos liado a golpes… ya tranquilo me repito “¡no mames! No seas pendejo”

En fin… el querer no es poder, requiere adrenalina.

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2 comentarios

  1. Carla González

    Hola!
    Gracias por compartir tu evento catártico de ciudad. Hace poco vi una película argentina que se llama “Relatos Salvajes” y trata de esa delgada línea que podemos cruzar en cualquier momento, por aquellos detalles adversos que enfrentamos cada día (y que nunca sabemos que será lo que nos hará estallar). Esta entrada en tu blog me hizo pensar en esa película 😉

    Que tengas un día en el que quieras con toda la voluntad e independiente de la adrenalina… que eso es andar drogado… jejejeje 😀

    abril 7, 2015 en 08:43

    • R@U

      Hola! Así es… la adrenalina nos pone en un estado alterado al cual podríamos volvernos adictos. Lo bueno de todo es que con cada experiencia aprendemos. Yo he aprendido a bajarle los ánimos a estos eventos callejeros. No valen la pena.

      Feliz día… sin adrenalina también 😉

      abril 8, 2015 en 17:16

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