Mi espacio utópico y catártico

Existencialismo

Historias de gimnasio S03-1

El tercer intento de seguir yendo al gimnasio de manera constante. Como dicen por ahí “la tercera es la vencida” Y ésta es la tercera temporada de “Historias de Gimnasio” así que ésta debe ser “la buena”. Desde diciembre estoy yendo a la “Ciudad del Deporte” y cada visita me encuentro con entidades fuera de lo común, es por eso de estas entradas en el blog.

Empecé teniendo 106 Kg. ¿106Kg? Nada más de escribirlo me da escalofrío. Al día de hoy estoy ya por debajo de los 100, en 98Kg. Pero no deja de ser un peso considerable para mis 174cm de altura. Tengo la espalda ancha por el ejercicio que hice durante algunos años y no me agrada el look de demonio de Tazmania que tengo con el sobrepeso. Pero eso se acaba este año… Sí, ya sé que estoy como todos los que dicen que no dejarán de hacer ejercicio y bla bla bla. Pero tengo también el derecho de desearlo y esta vez espero lograrlo.

¿Qué tiene diferente esta ocasión a las anteriores? Gracias al ejercicio que he estado haciendo, vuelvo a notar evolución en mi persona y el tenerlo por escrito me ayuda a recordarlo:

  1. Descanso más y mejor por las noches. Duermo entre 7 y 8 horas diario y despierto realmente descansado.
  2. Tengo más energía. Por lo mismo que despierto temprano y descansado, llevo a cabo más actividades y además no siento el cansancio que tenía antes.
  3. Tengo mayor control sobre mi cuerpo. Me siento ágil, puedo levantarme de la cama sin tomar vuelo con las manos. Soy más elástico y tengo más fuerza.
  4. Cuido lo que bebo y como. No es que antes no lo hiciera, pero ahora soy consciente que si como grasoso o con mucha azúcar, el ejercicio que estoy haciendo sirve menos. Ahora busco comer para nutrirme – en la medida de lo posible – Con sus indulgencias de vez en cuando, claro está.
  5. Me siento más motivado y el tener un objetivo en mente hace que las acciones que se realizan en el día a día tengan más sentido.
  6. Bienestar en general.

No es sólo el ejercicio, es todo el proceso alrededor de éste. Desde la compra de ropa y calzado deportivos; el monitor cardiaco y el reloj para registrarlo junto con las rutinas, las vitaminas, el establecer los ejercicios, circuitos, metas, etc… es un proceso que se disfruta. Claro está que, habrá quien no esté de acuerdo. “No se disfruta.”, “Cuesta mucho trabajo.”
OK. Para todos es distinto. A mí me pasó cuando tenía 12 años, antes de tomarle el gusto al ejercicio. Aborrecía todo lo que fuera actividad física. Mi padre me inscribió en clases de karate y acudía con desgana y a regañadientes. Sin embargo, en menos de 1 mes ya era fan de hacer ejercicio: lagartijas, abdominales, katas, sentadillas, en fin, todo lo que me permitiera poder ser mejor en karate. En esos días también vi resultados y esos resultados son los que motivan.

Es cuestión de empezar y al sentir los beneficios, uno definitivamente se quiere seguir sintiendo bien y lo sigue haciendo. Pero el ser humano tiene una naturaleza autodestructiva y se autosabotea. Sabemos perfectamente qué nos hace bien, qué es sano y qué no, pero optamos por el satisfactor inmediato en lugar de escoger el satisfactor a largo plazo, el que permanece y el que realmente vale.

Ésta es la tercera para mí en unos añitos… ésta es la buena.

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What would XXX do?

Pienso que alguna vez en nuestra vida hemos escuchado a alguien decir la frase: “¿Qué haría _____ en esta situación?” Donde ____ varía dependiendo de la persona, sus creencias o hasta su humor. Los americanos mencionan a Jesús usando “What would Jesus do?” y es el título de esta columna (Me da risa los que usan la palabra “columna” para denominar a sus escritos) entrada.

La semana pasada estuve en San José, Costa Rica y ya tengo una entrada al respecto ya que me gustó la cultura ecológica que ahí se vive – pero eso es tema para otra ocasión – Estando en el hotel y regresando de trabajar con el cliente que fui a visitar, me encontré en una disyuntiva: eran alrededor de las 7 de la noche (8 en México de donde soy ouriundo ;)) y acababa de cerrar la puerta de la habitación del Holiday Inn donde me hospedé. Desabroché el pantalón – había comido abundantemente – me quité los zapatos y calcé unas pantuflas de $40 pesos de supermercado para descansar un poco los pies.

El confort que sentí al estar en mi habitación fue delicioso: 22°C según el clima automático. Las pantuflas acariciaban la planta de mis pies en cada paso. Tenía conmigo una botella con agua que había comprado en el Wal Mart cerca de las oficinas de mi cliente y en el iPad me esperaba un App que recién había comprado para llevar una bitácora.

Me había prometido llegar al hotel e ir a nadar o al gimnasio – generalmente no me cumplo esas “promesas” que surgen de la emoción de un momento de culpa como ese día por haber comido postre y café por gula.

“¡Joder! he comido demasiado hoy así que llegando voy al gym o me echo una buena nadada en la alberca”

Estrictamente hablando, no fue una promesa pero así me la tomo. Ahhh pero la habitación estaba más que deliciosa, me encontraba algo cansado y con el delicioso sopor de cuando al interior de mi panza los procesos digestivos están haciendo su chamba.

“Bueno. 10 minutitos de escuchar música y ver mis correos y luego parto.” – me dije a mi mismo en voz alta y tono condescendiente.

Me puse los audífonos que ahora  llevo cuando vuelo en avión: Unos Sony NC-60 que tienen una excelente fidelidad y además cancelan los sonidos parásitos del ambiente. Al escuchar Pink Floyd en ellos me transporté a una sala de conciertos con mi mismo como único espectador. Me senté en el coach y subí los pies a la cama para poder disfrutar “Hey you” Ahhh tuve un eargasm(orgasmo auditivo) cuando llegó la parte final y gritan: “Hey you, don’t tell me there’s no hope at all. Together we stand, divided we fall.”

Abrí el iPad y me puse a navegar por Apps y me detuve en el Eye Witness del diario británico The Guardian. Las fotografías son impresionantes y puede uno perderse varios minutos observando los detalles, el contexto y los tips de cómo se tomó cada una. Luego se me antojó jugar Plants vs Zombies y fue en ese momento cuando la “promesa” del gimnasio se hizo presente en mi mente.

“Fuck!, pero estoy bien rico” – pensé mientras me estiraba cual perro negro 😉

Apagué la música y me detuve un momento para tomar energías y, según yo, prepararme para ir al quinto piso donde se encontraba la alberca y el gimnasio. Entonce vino la trillada cuestión “Qué es lo que Jesús haría?” Pero ¿por qué Jesús? yo ni siquiera soy católico o religioso. ¿Por qué llegó a mi cabeza eso? … entonces, me quedé en la habitación.

¿Por qué me quedé en la habitación si seguramente Jesús de Nazareth hubiera tomado su túnica y sandalias deportivas para dirigirse al gimnasio?

Bueno, yo no soy Jesús. Soy Rodrigo y como tal, decidí quedarme en la habitación y echar la huevita cual salmón en temporada de desove. Pero el hacerme la pregunta de qué haría otra persona en mi lugar me dejó pensando. A veces actúo de acuerdo a lo que terceros esperan de mi. En el caso de mi vida profesional, es un hecho que a quien reporto espere que haga mi trabajo, pero fuera de eso, pienso que no deberíamos actuar acorde a lo que otros esperan que hagamos.

Alguna vez alguien me cuestionó acerca de convivir con una sobrina que en aquel entonces era menor de edad.

“Güey no mames. Está chiquita. ¿Qué es lo que estás buscando ahí? – recuerdo que me dijo en tono de sorpresa.

“No estoy buscando algo. Me gusta su compañía y en este momento tenemos algo en común de lo cual platicamos y compartimos.” – le contesté; palabras más, palabras menos.

“Pero es que, ¿qué va a pensar la gente? ¿Qué harías si fueras tú su papá? – me cuestionó en un tono inquisitivo.

“Si fuera su padre seguramente respetaría la decisión de mi hija de… Espera. No sé qué chingados haría si lo fuera, pero no lo soy. Creo que te estás proyectando. Has de pensar que voy a hacer algo que tú harías con ella o te tienes alguna especie de celo o incomodidad porque me siento en la libertad de hacer lo que me venga en gana sin preocuparme por gente como tú que hasta lo que no come les hace daño.”

Al final, mi amigo abrió su criterio y entendió mi punto y hasta se disculpó por haberme cuestionado.

Entiendo que por sociedad, tradición, medios de comunicación masivos y el “sentido común”, se pueden pensar cualquier cantidad de cosas de una situación extraordinaria. Y si nos preguntamos antes de actuar qué haría “fulanito de tal” sea Jesús de Nazareth, William Wallace, Batman, Hitler, la madre teresa de Calcuta, Ghandi o quién sea, no pasarían las cosas. No tendríamos oportunidad de vivir, experimentar y a veces equivocarnos.

Según los sacerdotes católicos y su biblia, Jesús era un bienhechor que no le interesaban las mujeres. Yo no lo creo. Si estaba galán, popular y además convertía el agua en vino, estoy seguro que tenía sus very own groupies. Su grupo de fans from hell que en la primera oportunidad le robarían un beso o todo si lo pudieran lograr. No me puedo imaginar un Jesús ajeno a ello, pero según la iglesa católica y en este caso mi amigo, no debería tratar a mi sobrina. Primero porque es menor de edad y segundo porque es eso: mi sobrina.

Mi recomendación, en vez de preguntarnos ¿qué haría XYZ en tal situación? podríamos preguntarnos lo siguiente:

  1. Si lo que haré va a afectarme o a terceros.
  2. Si al hacerlo obtendré algún beneficio, conocimiento, experiencia o simplemente seré mejor persona haciéndolo que dejándolo de hacer.
  3. Si al no hacerlo me sentiré inquieto o a disgusto por la omisión.

No soy autoridad moral, pero escribo lo que pienso y lo que vivo. Si te sirve amable lector, te lo regalo. Si no… bueno, te entretuve unos minutos 😉

Abur.


Historia triste… de hotel

Hace una semana tuve a bien viajar a Panamá. Es un país bonito con muchísima inversión y desarrollándose a pasos agigantados. Aunque voy de trabajo, siempre me emociona la idea de salir de la ciudad, además de que es espacio y tiempo para mí – que estando en México luego no puedo tener – para reflexionar sobre “equis” o “ye” o simplemente para pensar tonterías.

La vez pasada que estuve en este país, a pesar de que iba con mis jefes – generalmente cuando van los jefes el viaje es más jet set 😉 – no hubo ningún tipo de lujo. El hotel en el que nos quedamos era viejo y con menos comodidades que cualquier motel de paso que se pueda uno encontrar en la Calzada de Tlalpan en la Ciudad de México – la gente que vive por esos lares sabe bien a qué me refiero al escribir “menos comodidades” – La conexión a la red era intermitente y dependía de cuánta gente había en el lobby y en el bar; no tanto porque esa gente se conectara a la red, sino porque con sus cuerpos atenuaban la señal.

En fin, esta vez quise cambiar la experiencia porque es imperativo que tenga conexión a mis correos y a mis carpetas de Dropbox. En la agencia de viajes de la oficina me enviaron una lista de hoteles y de ahí hice una búsqueda rápida verificando fotos de las instalaciones, ubicación y que tuvieran la bendita conexión a Internet, ya fuera por Ethernet en la habitación o por WiFi. Mi selección fue un hotel que presumía de tener alberca, una bella vista al océano Atlántico y por supuesto, con WiFi 🙂 Pedí entonces que me reservaran en ese hotel y me dispuse para disfrutar de una estancia feliz como casi todas las que he tenido cuando viajo por trabajo. Bien dice el dicho que la ignorancia es una bendición.

Seleccioné mi asiento en el sitio Web de la aerolínea y como casi nunca documento, pude llegar 1 y media hora antes al aeropuerto a pesar del tránsito tan pesado en la ciudad de México. Ya en el aeropuerto, tuve tiempo de comprar un té en el ya común Starbucks y leer acerca de la nueva Starbucks card 😛 – ya que consumo tanto de ahí, me pareció buena idea lo de los puntos – Una vez en el avión, el asiento junto a mi no se ocupó y en la ventana se sentó una mujer que no habló en todo el vuelo, me puse los audífonos para poder disfrutar de la película de “Stardust” en el iPad… todo parecía estar en perfecta armonía.

La pesadilla comenzó en el aeropuerto Tocumen de Panamá, llegué a las 8:00 de la noche y se había formado una fila inmensa en la línea de extranjeros para pasar migración. Por otro lado, la firma para residentes y nacionales vacía pero no atendían a ningún extranjero en ella. ¿Qué chingados tienen en la cabeza esas personas? Ya que salí de ahí, llegué al área de aduanas donde se formaron filas reales y virtuales. Éstas últimas, convergían al final en una real haciendo que ambas avanzasen más lento.

Al salir del aeropuerto no había dónde tomar taxi, era el aperre absoluto. Había unas entidades con gafetes cuyo trabajo se suponía que era el acomodar a la gente en el transporte. Sin embargo, no servían de mucho porque tan pronto se acercaba un shuttle o un auto con el letrero de taxi – o sin él porque la mayoría estaban pintados de blanco sin algo que los identificara como taxi – la gente se atiborraba robándoselos unos a los otros. Viniendo de México tal vez podría estar acostumbrado a este tipo de actitudes, pero no era así.

Me di cuenta que en Panamá los taxis son colectivos, es decir, un mismo taxi en el mismo viaje puede llevar a más de un pasajero con distintos destinos. La suerte me sonrió porque un par de mujeres de buen ver estaban abordando una SUV y una de ellas me preguntó “¿Buscas taxi?” – “Sí quiero un taxi” – me apresuré a responder – “Sube aquí con nosotras”. No sé si el cansancio y la desesperanza de no saber qué hacer hicieron que me subiera con ellas sin cuestionarme o el darme cuenta que me habían escogido a mi en lugar de un señor gordito que iba a abordar con ellas.

El camino tomó cerca de una hora. Platicamos a gusto y en el mismo argot ya que ellas también trabajan en tecnologías de información y viajan continuamente como yo. Además, tenían apariencia agraciada; eran venezolanas. No me fijé que al lado del asiento del conductor iba sentado otro hombre en silencio y dado que estaba chaparrito no se notaba con la cabecera del asiento; él se bajó en el Crowne Plaza. El hotel se veía muy bien, una entrada elegante con un ser humano disfrazado del clásico chofer de limosina. Las mujeres descendieron en el Bristol, más pequeño pero igual de elegante. Una de ellas tenía un cuerpo curvilíneo y delgado y al despedirse me guiñó un ojo. Pensé para mi “Ah, ese guiño indica que de aquí en adelante todo va a salir bien”

El chofer me preguntó si estaba seguro de que el “Dos Mares” era mi hotel. Abrí la hoja de reservación que llevaba conmigo aun sabiendo que era el hotel correcto y le confirmé que sí. “Es que el hotel al que va no es de dos o de una estrella, no llega ni siquiera a una de las puntitas” – me respondió incrédulo. “No creo que esté tan mal porque en las fotos aparecía un restaurante moderno y la alberca tenía la apariencia del Fiesta Inn al que llegué alguna vez en Acapulco en México” – al terminar la frase me di cuenta de lo absurdo de mi argumento y que había tomado una mala decisión respecto al hotel.

El susodicho hotel del terror

La foto que pusieron en el Trip Advisor no mentía, era el mismo hotel pero en persona bajaba de categoría considerablemente. La mujer de la recepción parecía Aunt Jemima pero en cyborg y con toda la actitud de Roz de la película Monsters, Inc. “Aloha!” – me apresuré a saludar. – Cero expresión en esa cara regordeta y brillosa como charol. “Tengo una reservación a mi nombre” – le dije un tanto serio – “Su identificación” – sólo le faltó hacer beep al terminar la frase. Escribió el número de mi pasaporte en la hoja de registro (cuaderno Scribe forma italiana a doble raya) me dio la llave de la habitación y el control remoto de la TV.

Llaves y control remoto

Al tomarlos en mi mano, tuve un flashback a los días en los que iba a Acapulco y me hospedaba en cualquier hotelucho de mala muerte para ir a visitar a una novia que vivía allá. ¡Joder! ¿en qué lugar me habían hospedado?”

Al entrar en la habitación me encontré con una cama matrimonial cuyo colchón era más delgado de lo normal. No estaba muy aguado ni muy duro, ahí no puedo quejarme más que de la apariencia. Estaba vestida con una colcha cuya tela tenía textura como de cubre tapa de WC y tenía un olor peculiar… me recordó a un hotel de paso. Encima, dentro de una bolsa de plástico transparente estaban dos toallas y dos jabones Rosa Venus???

Abrí la bolsa incrédulo y ahí estaban frente a mi dos jabones Rosa Venus originales hechos en México. Suelo viajar con un pequeño kit que incluye jabón líquido (body wash), shampoo, rastrillo para afeitarme, pasta de dientes, mi crema de noche – sí aunque suene ridícilo -, la crema del día con SPF 30, la crema para párpados y el aplicador para eliminar las bolsas de los ojos cuando me desvelo. Precisamente esta vez no metí ni el jabón líquido ni el shampoo… shit happens! Pensé para mis adentros.

Una pequeña ventana con vista al mar y a una esquina del hotel Acapulco – para acabar de tener un flashback completo – y un bañito como de los años 80s pero con un tanque gigante que seguramente desperdicia mucha agua.

Hecho a la idea de no iba a tener las comodidades que generalmente espero cuando viajo, saqué el iPad y me decidí probar la red inalámbrica, puse la clave y entró sin problemas. Probé en el ya conocidísimo Speedtest.net y contaban con decentes 4Mbps. Me acosté boca abajo en la cama y aprovechando que la cama era chaparrita, coloqué el iPad en el suelo para desde ahí navegar.

La habitación sólo estaba iluminada por un foco por lo que no se tenía gran visibilidad y al estar usando el iPad estaba un poco “lampareado” De repente, el suelo parecía que tenía movimiento. “¿Pero qué carajos es esto?” – me levanté casi volando levantando el iPad del suelo y mirando a su alrededor verificando que no se le hubieran subido los bichitos que pululaban por el suelo. Eran diminutos como esas pulguitas que luego tienen las plantas, como la mitad de una cabeza de alfiler. No quise averiguar qué eran, pero parecía que sólo había uno que otro en el suelo. Me quedé observando detenidamente el suelo por algunos minutos para evaluar la magnitud del problema pero sólo apareció otro; no era una plaga.

Cerca de las 2 de la mañana me dio hambre… lo normal hubiera sido pedir room service pero aquí no habría eso. Decidí levantarme y preguntar si había algún bar o restaurante. En el lobby me indicaron que el hotel “Acapulco” abría las 24hrs, pero que no me recomendaban caminar más lejos… “Gracias” – asentí rápidamente y me dirigí a Acapulco.

No se veía tan mal el restaurante. Era como de los 70s con una barra y las mesas tipo tendero. Un señor de raza negra estaba sentado en la barra y un policía se encontraba sentado en una de las mesas cenando. Me acerqué a la barra y le saludé a la mesera que estaba cercana con un “Buenas noches. ¿Podría prestarme su menú por favor?” – se dignó a mirarme y me extendió su menú. Pinche gente, luego por qué no deja uno propina. Pedí un sandwich de jamón y queso y una coca cola. Más tarde llegó otra mesera quién me entregó el sandwich y también parecía que “amaba” su trabajo tanto como la otra. Esta vez, en vez de engancharme seguí siendo amable y cortés a pesar de su mal genio. Al final sirvió porque cuando le pagué me sonrió – le di propina – y me deseó buenas noches. Parece que la gente no ha de ser muy amable con ellas y al final se dio cuenta que mi intención era tratarla con respeto.

Por la mañana pasé al restaurante y fue cuando caí en cuenta por qué no pensé mal del hotel. El restaurante es el que aparece en la foto de Trip Advisor y se ve más que decente. El desayuno – incluído en la tarifa de la habitación – no estuvo mal, pero decidí irme a lo seguro. Pensé que cuando me hospedo en Holiday Inn en otros países siempre he quedado satisfecho, decidí cambiarme al de Panamá. El único detalle es que se encuentra algo lejos del área donde iba a trabajar ya que, de “City of Knowledge” donde yo estaba, hasta Punta del Este, son casi 45 minutos de camino. Sin embargo, valió la pena ya que quedé casi frente al canal y la vista era extraordinaria. Nuevamente el equilibrio del Universo me había puesto donde tenía que estar.

La vista desde el Hotel del Terror

La vista desde el Holiday Inn – City of Knowledge 🙂

La historia de terror terminó bien y como experiencia la agradezco, pero con el equipo que cargo en cada viaje ya no me vuelvo a arriesgar a los comentarios de Trip Advisor o de Despegar dado que los dueños pueden colocar los únicos comentarios positivos dando una idea errónea de la experiencia de hospedarse en el lugar.

Consejo: Si hay menos de 8 reseñas… mejor no pelarlas y buscar otro lugar.

Abur

Actualización Agosto de 2013

Cambié el título de la entrada porque hubo varias entidades lectoras que se sintieron engañadas por el título. Esperaban encontrarse con una historia que les calara los huesos y se encontraron con una entrada con una experiencia cuyo título, debo aceptar, estuvo exagerado 😉 Así que ahora la llamé “Historia triste… de hotel” 😛


La primer entrada de 2012

Como ha sido costumbre, es primer día del año y estoy escribiendo la primer entrada del mismo. El 2011 se fue y no lo extrañaré. Por supuesto tuvo sus momentos especiales que tienen su espacio importante en mis recuerdos, pero fue también un año donde estuve cerca de personas que quiero y que no les fue tan bien y personalmente no llevé a cabo prácticamente nada de lo que me propuse.

Hace 7 años no había Twitter. Facebook se percibía complejo – obvio lo decían los usuarios de una cosa rara llamada Hi5 – y pocas personas lo usábamos en México. Si quería compartir algo con el mundo, éste era el medio ideal. Aquí publicaba mis pensamientos, mis fotografías, mis mentadas de madre, etc.

Ahora que Twitter es tan común y que prácticamente toda entidad que usa computadoras tiene su cuenta en Facebook, blogs como éste – que no es tan famoso y por lo mismo visitado por uno que otro despistado o amable lector que me conoce – han perdido el valor con el que contaban antes. Habrá gente que no esté de acuerdo, pero a la mayoría le da flojera leer y dado que Twitter te regala en 140 caracteres el sentir inmediato de alguien pues…

En fin, uno de mis propósitos es compartir mis pensamientos y andanzas aquí. Twitpic está interesante, igual que Yfrog, Flickr y demás servicios para compartir “media” pero aquí se queda en un sólo lugar. Mi blog es completa y absolutamente mío. No tiene nadie que abrir una cuenta, ni ser mi contacto, ni seguirme, ni pedir permisos … nada. Sólo tienen que entrar aquí y listo.

Gradualmente iré revisando lo que he compartido en TwitPic y me lo traeré para acá. No me es tan importante que lo vean diez o veinte personas, con que quedé aquí para la posteridad para la gente que quisiera saber de mi, qué pienso, qué hago y qué les quiero compartir, me doy por servido 🙂

Finalmente, quiero sugerir algo para este 2012. A varios les dará hueva, otros comulgarán conmigo en esto, no hay medias tintas.

Aprovecha que empieza el año para hacer un inventario de contraseñas. Es atemorizante la cantidad de logins y contraseñas de los lugares donde tenemos cuenta. En mi caso, tengo 266 entonces puede volverse una pesadilla el tratar de mantener o recordar contraseñas diferentes para esto. Por ello, he querido desde hace tiempo compartir estos tips 😉

1. Registra tu información de acceso tan pronto generes una nueva cuenta.

Existen herramientas para administrar contraseñas. Yo uso SplashID desde que tenía la Clié. Si no quieres adquirir una herramienta, una tabla en una hoja de cálculo con cinco columnas (sitio o aplicación, fecha de acceso, usuario, contraseña, clave para recuperar contraseña) sirve perfectamente.

2. Usa nemotecnia para generar contraseñas.

– Escoge una palabra “maestra”, para casos del ejemplo -> “macintosh”

– Intercala números y mayúsculas en la misma palabra -> “M4c1nt05H

– Va a haber lugares que te pidan además, agregar símbolos, entonces agrega en medio y al final algo sencillo, un guión bajo “_”, un ampersand “&” o una diagonal “/” -> “M4c1&nt05H/

– Finalmente agrega las iniciales de la aplicación, cuenta o sitio Web al que pertenece la contraseña. Por ejemplo:

Yahoo -> “M4c1&nt05H/Y

Google -> “M4c1&nt05H/G

Linked In -> “M4c1&nt05H/LI

y así…

Siempre recordarás tu palabra maestra y la forma en que lo generaste dado que no estás usando sólo la memoria, sino que estás razonando tu contraseña: la palabra, con letras y números, caracteres especiales y el lugar a donde pertenece 🙂

3. Cambia tus contraseñas, por lo menos cada año. Aprovecha que ya empezó el 2012 y así podrás ademas, identificar las cuentas que ya no usas o las que necesitas activar.

4. NUNCA compartas tus contraseñas, ya que si alguien conoce tu palabra “maestra” y el algoritmo a través del cual generas tus contraseñas… bueno, va a tener acceso a todas tus cuentas. Olvídate eso de que “mi pareja y yo no tenemos secretos” Algún día algo  pasará que recordarás este post. Ni tu pareja, ni tus padres, ni tu mejor amig@ deben tener acceso a tus contraseñas. No es porque quieras guardar secretos. Es porque TÚ y SÓLO TÚ puedes hacerte 100% responsable de ellas. No puedes dejar la responsabilidad a terceros.

Que sea entonces un 2012 en el que nos elevemos por encima del ego, lo mundano y lo vanal y que podamos ver el mundo con ojos de amor, comprensión y hermandad.

Abur y gracias por leer.

R@U


2011 in review

The WordPress.com stats helper monkeys prepared a 2011 annual report for this blog.

Here’s an excerpt:

The concert hall at the Syndey Opera House holds 2,700 people. This blog was viewed about 39,000 times in 2011. If it were a concert at Sydney Opera House, it would take about 14 sold-out performances for that many people to see it.

Click here to see the complete report.


El mejor regalo del día del padre.. para el hijo

Horno cool

Horno cool

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Hoy es otro de esos días comerciales impuestos por la tradición en un afán de recordar a una de las partes que nos dio la vida, crió y nos dio una oportunidad para estar en este planeta: nuestro padre.

Respeto al mío y la mayoría del tiempo podemos comunicarnos bien y tener conversaciones enriquecedoras. Todavía nos reímos y podemos enojarnos con los comentaristas de box. Claro, como todos y cualquier persona, tiene sus detalles no tan agradables y otros que rayan en la incomodidad y molestia. Pero no deja de ser mi padre y no dejo tampoco de quererlo. Hoy tuve una desilusión que, en pocos minutos, convertí en alegría y en algo sumamente valioso.

Mi papá siempre ha sido la persona que más me agobia al querer hacerle un regalo. Desde hace 15 años que empecé a trabajar, quise darle presentes que expresaran mi agradecimiento y admiración aprovechando ocasiones como su cumpleaños o, como esta vez, el famoso día del padre. Las historias son varias, así que sólo compartiré las más representativas.

Alguna vez, estuve recorriendo tiendas durante días de nevadas por las calles de Munich. Quería encontrar una Meisterstück de Mont Blanc que no fuera la “clásica” negra que tiene todo el mundo. Encontré una color marrón que parecía dedicada a la realeza. La pluma está guardada en algún lugar de su oficina. Nunca se la he visto en la bolsa de la camisa o que siquiera la use.

En otra ocasión, llegué a oler decenas de fragancias y a donde llegara, incluso en los SkyMall y tiendas de aeropuertos, preguntaba y pedía muestras. Quería darle opciones para comprar la loción perfecta para él. Sin embargo, al llegar y preguntarle y decirle y mostrarle, él prefirió su loción de siempre: Guerlain Vetiver que, por cierto, tenía dos botellas sin abrir todavía.

Varias veces he querido invitarlo a un restaurante de mejor categoría que los Vips, Toks que, por cierto, le encantan. Casi en todas las ocasiones y salvo una o dos excepciones, se siente incómodo y termina peleándose con el mesero, el gerente o al que ose traer su corte menos que bien cocido o sus ya famosos “dos chipotles aparte” No es buena idea ir a comer con él.

La única vez que le ha gustado un regalo y que usa prácticamente todos los días fue la vez que le regalé un Gameboy rojo que le traje de los Estados Unidos cuando aquí todavía no llegaban. Recuerdo que no estaba tan seguro porque era rojo, pero era el único que había. Tenía un solo cartucho con un juego muy parecido a Tetris; pero a él le encantó. Hasta la fecha, lo juega antes de dormir y a veces o por la mañana para distraerse. Dado que se “comía” las baterías en menos de una semana, optó por comprarle un eliminador y un adaptador para la corriente; mismo que ha mandado reparar como 3 veces de que se trozan los alambres por el uso. Fue el mejor regalo que jamás le haya dado.

El día de ayer pensé que tenía otro regalo que podría ser útil, que no guardaría o le haría cara como los otros fuera del Gameboy. Había escuchado que se quejó alguna vez con mi mamá de no poder calentar su comida porque se había descompuesto el microondas de su oficina. El viernes aún no había ido el “técnico” que llamó para que se lo reparara, así que pensé: “un nuevo horno de microondas para su oficina será el regalo perfecto parte 2”. Lo usaría todos los días, se evitaría de esperar la reparación del otro y además le permitiría tener café caliente y tal vez saciar el antojo de comer palomitas de maíz o una maruchan.

Cerca de las 9 de la noche estaba ya en WalMart comprando el microondas. No tenía que ser el más caro, tenía que ser pequeño, elegante y fácil de usar – mi padre, como la mayoría de las personas mayores de 65 años, no comulga, ni tiene interés en la tecnología. Hace uso de ella sólo que le sea indispensable – por lo que opté por un LG pequeñito con puerta de aluminio y cristal negro que se veía elegante.

Hoy por la mañana saliendo a desayunar quise darle la sorpresa. Le pedí que abriera la cajuela de su coche para que me ayudara con algo. Estaba ansioso por ver su cara al ver el microondas y saber que mañana podría calentar su comida, café, o lo que fuera. Al abrir la cajuela y sacar la caja le dije: “Es para ti, lo compré para que ya no sufras con el tuyo que está sin servir”

Silencio.

Una pequeña mueca con la boca medio abierta fue todo lo que acertó a expresar.

Más segundos… más silencio.

Al ver su cara, el corazón me dio un vuelco y la expectativa se tornó en decepción.

“¿No te gustó? ¿Está muy grande?” –le cuestioné rompiendo el silencio incómodo que se generó. “No. No es eso.” “Es que el mío todavía está en garantía y pues ya lo voy a reparar.” – me dijo él con un tono que no acerté a descifrar.

He desarrollado cierta habilidad para descifrar diversos comportamientos en algunas personas: Clientes, amistades familiares y gente que acabo de conocer. Pero con mi padre, es imposible saber qué piensa o por qué hace lo que hace.

“Ok, te lo dejo en la cajuela y al rato vemos.” –  cerré la conversación y me subí a mi auto.

Odio cuando una situación me descontrola y esta vez odié más porque una lágrima peleaba por salir de un ojo.

“¿A dónde vas cabrona lágrima?” “No se te ocurra salir ahorita” – Me acomodé las gafas de sol y camuflé mi decepción e impotencia con lo que acababa de suceder.

Suena ridículo y simplista. Pero era mucha la expectativa de que después de años, por fin iba a poder regalar a mi papá algo que le gustara y el que se hubiera caído en sólo 5 segundos golpeó duramente mi orgullo y sistema emocional.

Ya en el coche conduciendo y teniendo la odisea de ver dónde desayunar, volví a tomar color y tranquilidad. El esquivar microbuses y la plática que derivó de encontrar periférico cerrado por la carrera del día del padre lograron la magia: paz.

Llegando a su casa le pedí la caja del microondas comentando que no se preocupara, dado que estaba cerrado y la compra había sido apenas ayer, lo iba a regresar y no habría cargo extra ni nada. Dudó en aceptarlo cuando mi mamá comentó que era mejor tener uno nuevo que esperar a que le repararan el viejo, pero interrumpí la escena metiendo el horno a la cajuela de mi coche.

Esto pudo ser un capítulo más de la serie “Dale de regalo a tu padre algo que no le guste y que no use” pero no me enganché. Quise compartir lo que pasó por mi mente antes de llegar a comprender nuevamente el equilibrio de las cosas en el universo, por más ridículo que suene.

Mi padre es así, es difícil de complacer y casi siempre pone un “pero” a las cosas. Si compro algo, siempre pregunta el precio y sale con que él lo puede conseguir más barato a excepción de cuando hablo de cualquier cosa con chips o metales que no entiende.

Cuando iba en tercero de primaria hubo una competencia de natación. Me partí el lomo y luché contra un calambre y contra el chavito que ganó el primer lugar. Al terminar y salir de la alberca volteé hacia las gradas buscando a mis papás con la convicción de que habían notado el titánico esfuerzo que acababa de hacer. No fue así. El recuerdo de mi papá moviendo la cabeza oscilando de lado a lado mientras levantaba su mano con el pulgar apuntando hacia abajo en desaprobación, todavía me estremece y hace que me duela el pecho al recordarlo.

Así es él. No piensa en lastimar a alguien al ser como es. Es su forma de ser y su cariño lo ha demostrado siempre proveyendo lo que necesitábamos, preguntando cómo nos iba en la escuela, el trabajo, etc. Haciendo todo por satisfacer nuestros caprichos: mi Commodore 64, mi primer cámara fotográfica, el Atari, el reproductor de CDs para la casa en los 80s, las llantas y el equipo de sonido para el coche que él manejaba pero que nosotros presumíamos, toda la escuela de mi hermano y la mía, vacaciones dos o tres veces al año, los Reebok, luego los Nike, los Guess, los RayBan, mi tarjeta de crédito y un larguísimo etc. No nos ha fallado y ahora que a mí me cuestan las cosas, me doy cuenta que debe haber sido un esfuerzo brutal de su parte para que no nos faltara eso y más.

Sus regalos favoritos que le damos son el platicar con orgullo cada vez que salgo de viaje. Contar a los familiares que compré un coche deportivo o que cambio de computadora más que de calzones. Él puede ver que su esfuerzo no se fue a la basura del todo; hasta eso, no salí tan mal 😉

Gracias a que fui ayer a comprar su horno, encontré que los electrónicos tienen descuento y están a 24 meses en WalMart. Quiero regalarme una pantalla de LED y gracias a que fui por su regalo ahora no será de 40” sino de 46”y por el mismo precio.

Entonces, recordando las veces que ando sufriendo – por mi elección porque el único que se pone en posición incómoda soy yo – buscando qué regalarle, siempre ha habido algo positivo y una sorpresa que resulta ser un regalo para mí.

Me siento egoísta porque ahora me doy cuenta que quiero ver su rostro de satisfacción al darle mi regalo. Sí pienso en él y en qué le puede gustarle o serle útil, pero estoy esperando su aprobación. ¿Entonces el regalo es para él o es para mi?

Finalmente, él es como yo; o más bien, yo soy como él. A mí tampoco me gustan mucho los regalos. Prefiero comprarme las cosas porque siento que nadie me da lo que realmente me gustaría… hmm ¿Entonces de qué me quejo?

Ambos somos felices como estamos. Yo no tengo problema si no me felicitan en mi cumpleaños o si no me dan regalos, él es así también. Es feliz teniéndonos cerca y estando con mi mamá. Los que buscamos regalarnos algo al darle a él, somos los demás.

Lo admiro y me siento contento de tenerlo conmigo al igual que a mi mamá.

Gracias por el regalo papá. Porque sin saberlo, el que me regaló algo muy valioso desde que nací y  esta vez hoy, eres tú…

Feliz día del padre.


Historias de Gimnasio S01-1

Pues hoy estoy escribiendo desde un City Café, precisamente en el de la plaza conocida como Eureka en el DF. A veces acudía a este club a hacer ejercicio en lo que bajaba la carga de autos que hacían que el tránsito fuera tan rápido como andar en bicicleta en pleno periférico. Recuerdo que me gustaba mucho, no sólo porque podía encontrarme con bellas criaturas 😉 sino porque también me encontraba con entidades sumamente peculiares que llamaban más mi atención que las criaturas de cuerpos esculturales.

De repente aparecían artistas, algunos que no identificaba pero al ver que la gente secreteaba al volver la cabeza y verlos, sabía que eran personajes públicos. Fue aquí donde me surgió la idea de escribir las “Historias de Sport City” – imagina un redoble de tambor como música de fondo –

Esta será la primera entrega de estas crónicas de mis días mientras hago ejercicio. Serán campechaneadas las pasadas, con las actuales, ya que tengo varias anécdotas del pasado que he querido plasmar en letras y aquí es mi espacio. He cambiado el nombre a “Historias de Gimnasio” ya que considero que lo que plasme aquí será común entre los lugares a donde se acude a ejercitarse y por otro lado, no quiero hacer propaganda gratis a los clubes del deporteísmo. Ya cuando me vuelva más conocido, en una de esas acuden a mi para que promocione sus bondades 😉 (con un buen billete de por medio o ya de perdida, unas cuotas de mantenimiento por “adela”)

¿Por qué decidí hacer ejercicio?

Me considero deportista desde que tenía unos 13 años y todo se lo debo a mi señor padre 🙂 Casi toda mi vida he sufrido de sobrepeso. A veces unos pocos kilos y otras hasta 20; actualmente estoy en esos 20 kilos de más. Mis padres, preocupados no sabían cómo motivarme para que hiciera ejercicio ya que comía – y como – “muy bien”. Mi mamá siempre se preocupó por nuestra nutrición, además de que cocina delicioso. ¿Qué hacer entonces?

El truco que logró hacer que desarrollara el gusto por el ejercicio fue el inscribirme en Karate Do en la secundaria. Al principio sufrí mucho porque era el mayor en edad y en volumen – en aquel entonces estaba arriba unos 5 kilos – pero conforme tomaba condición física y me hacía más fuerte, se fue desarrollando una casi adicción al ejercicio. Por una parte era al proceso del esfuerzo físico y el alcanzar metas, pero el control sobre mi cuerpo, la elasticidad y el bienestar general que me producía hizo que fuera, desde esos tiempos, una parte importante de mi vida.

Finalmente, desde hace unos 3 años me inscribí en el club del deporteísmo. Me gusta esa campaña publicitaria y pienso que si en verdad fuera una religión, sería la única que hace más bien que mal y además que une realmente entre sí a sus adeptos. Inicialmente me inscribí en la categoría mamona que es “multiclub”, además de que era la más adecuada dada que andaba por toda la ciudad de México visitando clientes. Sí de regreso a casa el tránsito me detenía, en vez de pasarla dentro del coche, me metía a cualquiera de los clubes que me quedara cerca.

Gracias a eso pude conocer e identificar las características de cada club. Son curiosas las características que se pueden observar, no sólo por la gente que va – misma que es definida por la zona en la que se ubican – sino también por las actitudes, estilos e idiosincracia en general que evidencian que estás en otro “pueblo” dentro de una ciudad.

Esta es el primer capítulo. Y como mencioné líneas arriba, iré “campechaneando” – expresión usada en México para describir una situación en la que se presenta alternancia de elementos en una mezcla – 😛 entre los “viejos días” y las experiencias nuevas.

Actualmente me quedé en un sólo club, por economía y porque me encuentro ya en una situación laboral distinta que no requiere que me ande transportando tanto. Y si lo hago, generalmente es por la zona Sur muy cerca de la montaña.

Mañana comenzaré con las experiencias del Club Sureño.

Abur