Historias de cafetería S1-E01 … Starbucks

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Hoy me encuentro en el Starbucks de Interlomas. Generalmente no ando por estos rumbos y como casi siempre que acudo a estas cafeterías, me encuentro con personalidades diversas. No me refiero a personalidades de la farándula, como el uso coloquial del término sugiere, sino a seres humanos con personalidades variadas y únicas y que al mismo tiempo, tienen características comunes entre sí dependiendo de la zona donde se encuentre el local.

Es evidente que los comensales que acuden a estos sitios son aquellos que les queda de paso a sus actividades diarias, ya sea casa, trabajo, mandados, etc. Es por esto que dichos comensales logran tener entre sí ciertos puntos de convergencia en su personalidad. En mi caso, depende de mis antojos, de la parte de la ciudad en la que me encuentre cuando se da el antojo o la necesidad de sentarme en un lugar con Internet y que me permita estar “cómodamente” trabajando.

Los clientes de este local a esta hora – 13:50 – son, en su gran mayoría, mujeres jóvenes. Tal vez con negocios propios o con maridos que les permiten estar en horas laborales tomándose un café. En la parte superior, casi nunca falta una persona con su laptop conectada en el “latptop bar” haciendo llamadas de negocios mientras su vaso vacío le hace compañía por horas.

Uno que otro hombre ha entrado, pero compra la bebida deseada y se va sin quedarse a degustarlo o a esperar algún interlocutor que le haga compañía.

De las mujeres que se encuentran aquí, casi todas visten a la moda. Están perfectamente maquilladas, sin excesos y sus edades rondan los treinta años. El tono de su voz y la cantaleta que usan al hablar es un denominador común de su personalidad, donde parece que cada frase que dicen es una pregunta. Se refieren a los demás con diminutivos pseudo cariñosos como “chaparrita”, “nena”, “bombón”, etc. Entre sí, parecen amigables, amables y respetuosas. Sin embargo parecen militares on-duty cuando van caminando o arriba de sus medios de transporte.

En la entrada se encuentra un ser humano de más de 120Kg vestido de azul navy con macana al cinturón. Es el personal de seguridad. Me pregunto qué tan interesante podrá ser su trabajo… bastante yo creo. La gente que acude se le puede clasificar como “bonita”. Las conversaciones que se escuchan pueden ser aburridas y frívolas, pero otras no tanto. Acabo de escuchar alguien criticando a su pareja por tener gustos extravagantes. Si “para oreja” de repente debe divertirse mientras observa sin disimulo a todos los que nos encontramos dentro del local.

Curiosamente todos los comensales que se encuentran aquí, incluyéndome, traemos un iPhone con nosotros. El mismo descansa en las mesas boca arriba siendo tomado múltiples veces al emitir el clásico tri-tono de la alerta de que algún mensaje acaba de ser recibido.

Las bolsas que traen algunas mujeres son espectaculares. El tamaño, la calidad de la piel con la que están hechas que salta a la vista al observarla y las formas que tienen. Es evidente que tienen un alto poder adquisitivo que también se evidencia en los zapatos. No entiendo cómo pueden caminar con semejantes plataformas y tacones.

Acaba de entrar otro hombre, pero éste se sentó con una mujer que estaba sola en las mesas de afuera fumando y sorbiendo de un vaso grande.

Curioso… este local se encuentra dentro de una plaza con un supermercado… el del pelícano blanco en fondo naranja. No es tan nice como el de un centro comercial, pero vaya que tienen clientela.

En fin… sólo compartiendo el 1er capítulo de la 1er temporada de “Historias de Cafetería”

Siempre espera lo mejor…

Como escribí en el último post de Historias de Gimnasio S03-01he estado yendo al gimnasio, al menos, 3 veces por semana. El día de ayer me tocaba ir. El día había estado algo pesado ya que surgieron varios imprevistos y han provocado que no atienda las prioridades como quisiera. Tuve que salir a recoger un equipo que necesito para un demo con un colega y, finalmente y aprovechando que hice demasiado tiempo en el proceso, decidí sacar el estrés en el gimnasio.

Una vez en los vestidores me encontré que había olvidado llevar calcetines en la maleta.
– ¡Carajo otra vez!
– ¿Me voy para la casa?
– ¿Hago ejercicio con los calcetines que traigo?
– No, aparte de que me vería muy ridículo, estos no se prestan para correr, se resbalarían con los tenis.
– Pero aquí hay una tienda de deportes y puedo comprar unos nuevos “tines”
– Ah, pero tengo como 10 pares, ¿para qué quiero uno más?

Finalmente, con toda la molestia, decidí salir a comprar unos “tines” para no perder el día de ejercicio. la idea no me agradaba del todo porque no necesitaba unos nuevos, pero era lo más práctico al momento.

Dentro de la tienda, me encontré con una sección dedicada a corredores y en ella, toda la variedad de “tines”. Fue toda una experiencia. había de colores, delgados, gruesos, con refuerzo, y los que me cautivaron, fueron unos Nike con doble capa, ventilación y una combinación de telas dry-fit y algodón. Me emocioné y pagué los $150 pesos que costaban preguntándome si realmente serían tan especiales como para costar 5 veces más que unos “normales”

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De vuelta en el vestidor procedí a vestir mi reciente compra. Al principio costó un poco de trabajo ponerlos porque la punta (medio pie) es un tanto ajustada. Están marcados y diseñados para usarse en el pie derecho o izquierdo para mayor comodidad. Una vez puestos, entraron perfectamente bien en los tenis. De hecho, entraron como ningún otro calcetín antes. Resbalaron perfectamente y se sentían en verdad cómodos.

Con los “tines” que había estado usando sentía que el pie se me hinchaba y que los tenis quedaban un poco apretados. Por primera vez el pie tenía un pequeño juego dentro de los tenis por lo que apreté un poco más las agujetas y me dispuse a calentar en la bicicleta fija. Ahí no se sintió gran diferencia, pero 15 minutos después arriba de la caminadora vino la total diferencia.

Al final agradecí haber olvidado meter los “tines” a la maleta porque tuve la oportunidad, primero de comer tres deliciosos “nigiri” en el food court del centro comercial, segundo y más importante, porque tuve la oportunidad de conocer estos increíbles “tines” que, aunque caros, me sorprendieron gratamente.

De ahora en adelante voy a ver con agrado las “desventuras” porque ahora sé que son ventanas abiertas a nuevas oportunidades. ¿De qué? de cualquier cosa 🙂

Historias de gimnasio S03-1

El tercer intento de seguir yendo al gimnasio de manera constante. Como dicen por ahí “la tercera es la vencida” Y ésta es la tercera temporada de “Historias de Gimnasio” así que ésta debe ser “la buena”. Desde diciembre estoy yendo a la “Ciudad del Deporte” y cada visita me encuentro con entidades fuera de lo común, es por eso de estas entradas en el blog.

Empecé teniendo 106 Kg. ¿106Kg? Nada más de escribirlo me da escalofrío. Al día de hoy estoy ya por debajo de los 100, en 98Kg. Pero no deja de ser un peso considerable para mis 174cm de altura. Tengo la espalda ancha por el ejercicio que hice durante algunos años y no me agrada el look de demonio de Tazmania que tengo con el sobrepeso. Pero eso se acaba este año… Sí, ya sé que estoy como todos los que dicen que no dejarán de hacer ejercicio y bla bla bla. Pero tengo también el derecho de desearlo y esta vez espero lograrlo.

¿Qué tiene diferente esta ocasión a las anteriores? Gracias al ejercicio que he estado haciendo, vuelvo a notar evolución en mi persona y el tenerlo por escrito me ayuda a recordarlo:

  1. Descanso más y mejor por las noches. Duermo entre 7 y 8 horas diario y despierto realmente descansado.
  2. Tengo más energía. Por lo mismo que despierto temprano y descansado, llevo a cabo más actividades y además no siento el cansancio que tenía antes.
  3. Tengo mayor control sobre mi cuerpo. Me siento ágil, puedo levantarme de la cama sin tomar vuelo con las manos. Soy más elástico y tengo más fuerza.
  4. Cuido lo que bebo y como. No es que antes no lo hiciera, pero ahora soy consciente que si como grasoso o con mucha azúcar, el ejercicio que estoy haciendo sirve menos. Ahora busco comer para nutrirme – en la medida de lo posible – Con sus indulgencias de vez en cuando, claro está.
  5. Me siento más motivado y el tener un objetivo en mente hace que las acciones que se realizan en el día a día tengan más sentido.
  6. Bienestar en general.

No es sólo el ejercicio, es todo el proceso alrededor de éste. Desde la compra de ropa y calzado deportivos; el monitor cardiaco y el reloj para registrarlo junto con las rutinas, las vitaminas, el establecer los ejercicios, circuitos, metas, etc… es un proceso que se disfruta. Claro está que, habrá quien no esté de acuerdo. “No se disfruta.”, “Cuesta mucho trabajo.”
OK. Para todos es distinto. A mí me pasó cuando tenía 12 años, antes de tomarle el gusto al ejercicio. Aborrecía todo lo que fuera actividad física. Mi padre me inscribió en clases de karate y acudía con desgana y a regañadientes. Sin embargo, en menos de 1 mes ya era fan de hacer ejercicio: lagartijas, abdominales, katas, sentadillas, en fin, todo lo que me permitiera poder ser mejor en karate. En esos días también vi resultados y esos resultados son los que motivan.

Es cuestión de empezar y al sentir los beneficios, uno definitivamente se quiere seguir sintiendo bien y lo sigue haciendo. Pero el ser humano tiene una naturaleza autodestructiva y se autosabotea. Sabemos perfectamente qué nos hace bien, qué es sano y qué no, pero optamos por el satisfactor inmediato en lugar de escoger el satisfactor a largo plazo, el que permanece y el que realmente vale.

Ésta es la tercera para mí en unos añitos… ésta es la buena.

What would XXX do?

Pienso que alguna vez en nuestra vida hemos escuchado a alguien decir la frase: “¿Qué haría _____ en esta situación?” Donde ____ varía dependiendo de la persona, sus creencias o hasta su humor. Los americanos mencionan a Jesús usando “What would Jesus do?” y es el título de esta columna (Me da risa los que usan la palabra “columna” para denominar a sus escritos) entrada.

La semana pasada estuve en San José, Costa Rica y ya tengo una entrada al respecto ya que me gustó la cultura ecológica que ahí se vive – pero eso es tema para otra ocasión – Estando en el hotel y regresando de trabajar con el cliente que fui a visitar, me encontré en una disyuntiva: eran alrededor de las 7 de la noche (8 en México de donde soy ouriundo ;)) y acababa de cerrar la puerta de la habitación del Holiday Inn donde me hospedé. Desabroché el pantalón – había comido abundantemente – me quité los zapatos y calcé unas pantuflas de $40 pesos de supermercado para descansar un poco los pies.

El confort que sentí al estar en mi habitación fue delicioso: 22°C según el clima automático. Las pantuflas acariciaban la planta de mis pies en cada paso. Tenía conmigo una botella con agua que había comprado en el Wal Mart cerca de las oficinas de mi cliente y en el iPad me esperaba un App que recién había comprado para llevar una bitácora.

Me había prometido llegar al hotel e ir a nadar o al gimnasio – generalmente no me cumplo esas “promesas” que surgen de la emoción de un momento de culpa como ese día por haber comido postre y café por gula.

“¡Joder! he comido demasiado hoy así que llegando voy al gym o me echo una buena nadada en la alberca”

Estrictamente hablando, no fue una promesa pero así me la tomo. Ahhh pero la habitación estaba más que deliciosa, me encontraba algo cansado y con el delicioso sopor de cuando al interior de mi panza los procesos digestivos están haciendo su chamba.

“Bueno. 10 minutitos de escuchar música y ver mis correos y luego parto.” – me dije a mi mismo en voz alta y tono condescendiente.

Me puse los audífonos que ahora  llevo cuando vuelo en avión: Unos Sony NC-60 que tienen una excelente fidelidad y además cancelan los sonidos parásitos del ambiente. Al escuchar Pink Floyd en ellos me transporté a una sala de conciertos con mi mismo como único espectador. Me senté en el coach y subí los pies a la cama para poder disfrutar “Hey you” Ahhh tuve un eargasm(orgasmo auditivo) cuando llegó la parte final y gritan: “Hey you, don’t tell me there’s no hope at all. Together we stand, divided we fall.”

Abrí el iPad y me puse a navegar por Apps y me detuve en el Eye Witness del diario británico The Guardian. Las fotografías son impresionantes y puede uno perderse varios minutos observando los detalles, el contexto y los tips de cómo se tomó cada una. Luego se me antojó jugar Plants vs Zombies y fue en ese momento cuando la “promesa” del gimnasio se hizo presente en mi mente.

“Fuck!, pero estoy bien rico” – pensé mientras me estiraba cual perro negro 😉

Apagué la música y me detuve un momento para tomar energías y, según yo, prepararme para ir al quinto piso donde se encontraba la alberca y el gimnasio. Entonce vino la trillada cuestión “Qué es lo que Jesús haría?” Pero ¿por qué Jesús? yo ni siquiera soy católico o religioso. ¿Por qué llegó a mi cabeza eso? … entonces, me quedé en la habitación.

¿Por qué me quedé en la habitación si seguramente Jesús de Nazareth hubiera tomado su túnica y sandalias deportivas para dirigirse al gimnasio?

Bueno, yo no soy Jesús. Soy Rodrigo y como tal, decidí quedarme en la habitación y echar la huevita cual salmón en temporada de desove. Pero el hacerme la pregunta de qué haría otra persona en mi lugar me dejó pensando. A veces actúo de acuerdo a lo que terceros esperan de mi. En el caso de mi vida profesional, es un hecho que a quien reporto espere que haga mi trabajo, pero fuera de eso, pienso que no deberíamos actuar acorde a lo que otros esperan que hagamos.

Alguna vez alguien me cuestionó acerca de convivir con una sobrina que en aquel entonces era menor de edad.

“Güey no mames. Está chiquita. ¿Qué es lo que estás buscando ahí? – recuerdo que me dijo en tono de sorpresa.

“No estoy buscando algo. Me gusta su compañía y en este momento tenemos algo en común de lo cual platicamos y compartimos.” – le contesté; palabras más, palabras menos.

“Pero es que, ¿qué va a pensar la gente? ¿Qué harías si fueras tú su papá? – me cuestionó en un tono inquisitivo.

“Si fuera su padre seguramente respetaría la decisión de mi hija de… Espera. No sé qué chingados haría si lo fuera, pero no lo soy. Creo que te estás proyectando. Has de pensar que voy a hacer algo que tú harías con ella o te tienes alguna especie de celo o incomodidad porque me siento en la libertad de hacer lo que me venga en gana sin preocuparme por gente como tú que hasta lo que no come les hace daño.”

Al final, mi amigo abrió su criterio y entendió mi punto y hasta se disculpó por haberme cuestionado.

Entiendo que por sociedad, tradición, medios de comunicación masivos y el “sentido común”, se pueden pensar cualquier cantidad de cosas de una situación extraordinaria. Y si nos preguntamos antes de actuar qué haría “fulanito de tal” sea Jesús de Nazareth, William Wallace, Batman, Hitler, la madre teresa de Calcuta, Ghandi o quién sea, no pasarían las cosas. No tendríamos oportunidad de vivir, experimentar y a veces equivocarnos.

Según los sacerdotes católicos y su biblia, Jesús era un bienhechor que no le interesaban las mujeres. Yo no lo creo. Si estaba galán, popular y además convertía el agua en vino, estoy seguro que tenía sus very own groupies. Su grupo de fans from hell que en la primera oportunidad le robarían un beso o todo si lo pudieran lograr. No me puedo imaginar un Jesús ajeno a ello, pero según la iglesa católica y en este caso mi amigo, no debería tratar a mi sobrina. Primero porque es menor de edad y segundo porque es eso: mi sobrina.

Mi recomendación, en vez de preguntarnos ¿qué haría XYZ en tal situación? podríamos preguntarnos lo siguiente:

  1. Si lo que haré va a afectarme o a terceros.
  2. Si al hacerlo obtendré algún beneficio, conocimiento, experiencia o simplemente seré mejor persona haciéndolo que dejándolo de hacer.
  3. Si al no hacerlo me sentiré inquieto o a disgusto por la omisión.

No soy autoridad moral, pero escribo lo que pienso y lo que vivo. Si te sirve amable lector, te lo regalo. Si no… bueno, te entretuve unos minutos 😉

Abur.

Historia triste… de hotel

Hace una semana tuve a bien viajar a Panamá. Es un país bonito con muchísima inversión y desarrollándose a pasos agigantados. Aunque voy de trabajo, siempre me emociona la idea de salir de la ciudad, además de que es espacio y tiempo para mí – que estando en México luego no puedo tener – para reflexionar sobre “equis” o “ye” o simplemente para pensar tonterías.

La vez pasada que estuve en este país, a pesar de que iba con mis jefes – generalmente cuando van los jefes el viaje es más jet set 😉 – no hubo ningún tipo de lujo. El hotel en el que nos quedamos era viejo y con menos comodidades que cualquier motel de paso que se pueda uno encontrar en la Calzada de Tlalpan en la Ciudad de México – la gente que vive por esos lares sabe bien a qué me refiero al escribir “menos comodidades” – La conexión a la red era intermitente y dependía de cuánta gente había en el lobby y en el bar; no tanto porque esa gente se conectara a la red, sino porque con sus cuerpos atenuaban la señal.

En fin, esta vez quise cambiar la experiencia porque es imperativo que tenga conexión a mis correos y a mis carpetas de Dropbox. En la agencia de viajes de la oficina me enviaron una lista de hoteles y de ahí hice una búsqueda rápida verificando fotos de las instalaciones, ubicación y que tuvieran la bendita conexión a Internet, ya fuera por Ethernet en la habitación o por WiFi. Mi selección fue un hotel que presumía de tener alberca, una bella vista al océano Atlántico y por supuesto, con WiFi 🙂 Pedí entonces que me reservaran en ese hotel y me dispuse para disfrutar de una estancia feliz como casi todas las que he tenido cuando viajo por trabajo. Bien dice el dicho que la ignorancia es una bendición.

Seleccioné mi asiento en el sitio Web de la aerolínea y como casi nunca documento, pude llegar 1 y media hora antes al aeropuerto a pesar del tránsito tan pesado en la ciudad de México. Ya en el aeropuerto, tuve tiempo de comprar un té en el ya común Starbucks y leer acerca de la nueva Starbucks card 😛 – ya que consumo tanto de ahí, me pareció buena idea lo de los puntos – Una vez en el avión, el asiento junto a mi no se ocupó y en la ventana se sentó una mujer que no habló en todo el vuelo, me puse los audífonos para poder disfrutar de la película de “Stardust” en el iPad… todo parecía estar en perfecta armonía.

La pesadilla comenzó en el aeropuerto Tocumen de Panamá, llegué a las 8:00 de la noche y se había formado una fila inmensa en la línea de extranjeros para pasar migración. Por otro lado, la firma para residentes y nacionales vacía pero no atendían a ningún extranjero en ella. ¿Qué chingados tienen en la cabeza esas personas? Ya que salí de ahí, llegué al área de aduanas donde se formaron filas reales y virtuales. Éstas últimas, convergían al final en una real haciendo que ambas avanzasen más lento.

Al salir del aeropuerto no había dónde tomar taxi, era el aperre absoluto. Había unas entidades con gafetes cuyo trabajo se suponía que era el acomodar a la gente en el transporte. Sin embargo, no servían de mucho porque tan pronto se acercaba un shuttle o un auto con el letrero de taxi – o sin él porque la mayoría estaban pintados de blanco sin algo que los identificara como taxi – la gente se atiborraba robándoselos unos a los otros. Viniendo de México tal vez podría estar acostumbrado a este tipo de actitudes, pero no era así.

Me di cuenta que en Panamá los taxis son colectivos, es decir, un mismo taxi en el mismo viaje puede llevar a más de un pasajero con distintos destinos. La suerte me sonrió porque un par de mujeres de buen ver estaban abordando una SUV y una de ellas me preguntó “¿Buscas taxi?” – “Sí quiero un taxi” – me apresuré a responder – “Sube aquí con nosotras”. No sé si el cansancio y la desesperanza de no saber qué hacer hicieron que me subiera con ellas sin cuestionarme o el darme cuenta que me habían escogido a mi en lugar de un señor gordito que iba a abordar con ellas.

El camino tomó cerca de una hora. Platicamos a gusto y en el mismo argot ya que ellas también trabajan en tecnologías de información y viajan continuamente como yo. Además, tenían apariencia agraciada; eran venezolanas. No me fijé que al lado del asiento del conductor iba sentado otro hombre en silencio y dado que estaba chaparrito no se notaba con la cabecera del asiento; él se bajó en el Crowne Plaza. El hotel se veía muy bien, una entrada elegante con un ser humano disfrazado del clásico chofer de limosina. Las mujeres descendieron en el Bristol, más pequeño pero igual de elegante. Una de ellas tenía un cuerpo curvilíneo y delgado y al despedirse me guiñó un ojo. Pensé para mi “Ah, ese guiño indica que de aquí en adelante todo va a salir bien”

El chofer me preguntó si estaba seguro de que el “Dos Mares” era mi hotel. Abrí la hoja de reservación que llevaba conmigo aun sabiendo que era el hotel correcto y le confirmé que sí. “Es que el hotel al que va no es de dos o de una estrella, no llega ni siquiera a una de las puntitas” – me respondió incrédulo. “No creo que esté tan mal porque en las fotos aparecía un restaurante moderno y la alberca tenía la apariencia del Fiesta Inn al que llegué alguna vez en Acapulco en México” – al terminar la frase me di cuenta de lo absurdo de mi argumento y que había tomado una mala decisión respecto al hotel.

El susodicho hotel del terror

La foto que pusieron en el Trip Advisor no mentía, era el mismo hotel pero en persona bajaba de categoría considerablemente. La mujer de la recepción parecía Aunt Jemima pero en cyborg y con toda la actitud de Roz de la película Monsters, Inc. “Aloha!” – me apresuré a saludar. – Cero expresión en esa cara regordeta y brillosa como charol. “Tengo una reservación a mi nombre” – le dije un tanto serio – “Su identificación” – sólo le faltó hacer beep al terminar la frase. Escribió el número de mi pasaporte en la hoja de registro (cuaderno Scribe forma italiana a doble raya) me dio la llave de la habitación y el control remoto de la TV.

Llaves y control remoto

Al tomarlos en mi mano, tuve un flashback a los días en los que iba a Acapulco y me hospedaba en cualquier hotelucho de mala muerte para ir a visitar a una novia que vivía allá. ¡Joder! ¿en qué lugar me habían hospedado?”

Al entrar en la habitación me encontré con una cama matrimonial cuyo colchón era más delgado de lo normal. No estaba muy aguado ni muy duro, ahí no puedo quejarme más que de la apariencia. Estaba vestida con una colcha cuya tela tenía textura como de cubre tapa de WC y tenía un olor peculiar… me recordó a un hotel de paso. Encima, dentro de una bolsa de plástico transparente estaban dos toallas y dos jabones Rosa Venus???

Abrí la bolsa incrédulo y ahí estaban frente a mi dos jabones Rosa Venus originales hechos en México. Suelo viajar con un pequeño kit que incluye jabón líquido (body wash), shampoo, rastrillo para afeitarme, pasta de dientes, mi crema de noche – sí aunque suene ridícilo -, la crema del día con SPF 30, la crema para párpados y el aplicador para eliminar las bolsas de los ojos cuando me desvelo. Precisamente esta vez no metí ni el jabón líquido ni el shampoo… shit happens! Pensé para mis adentros.

Una pequeña ventana con vista al mar y a una esquina del hotel Acapulco – para acabar de tener un flashback completo – y un bañito como de los años 80s pero con un tanque gigante que seguramente desperdicia mucha agua.

Hecho a la idea de no iba a tener las comodidades que generalmente espero cuando viajo, saqué el iPad y me decidí probar la red inalámbrica, puse la clave y entró sin problemas. Probé en el ya conocidísimo Speedtest.net y contaban con decentes 4Mbps. Me acosté boca abajo en la cama y aprovechando que la cama era chaparrita, coloqué el iPad en el suelo para desde ahí navegar.

La habitación sólo estaba iluminada por un foco por lo que no se tenía gran visibilidad y al estar usando el iPad estaba un poco “lampareado” De repente, el suelo parecía que tenía movimiento. “¿Pero qué carajos es esto?” – me levanté casi volando levantando el iPad del suelo y mirando a su alrededor verificando que no se le hubieran subido los bichitos que pululaban por el suelo. Eran diminutos como esas pulguitas que luego tienen las plantas, como la mitad de una cabeza de alfiler. No quise averiguar qué eran, pero parecía que sólo había uno que otro en el suelo. Me quedé observando detenidamente el suelo por algunos minutos para evaluar la magnitud del problema pero sólo apareció otro; no era una plaga.

Cerca de las 2 de la mañana me dio hambre… lo normal hubiera sido pedir room service pero aquí no habría eso. Decidí levantarme y preguntar si había algún bar o restaurante. En el lobby me indicaron que el hotel “Acapulco” abría las 24hrs, pero que no me recomendaban caminar más lejos… “Gracias” – asentí rápidamente y me dirigí a Acapulco.

No se veía tan mal el restaurante. Era como de los 70s con una barra y las mesas tipo tendero. Un señor de raza negra estaba sentado en la barra y un policía se encontraba sentado en una de las mesas cenando. Me acerqué a la barra y le saludé a la mesera que estaba cercana con un “Buenas noches. ¿Podría prestarme su menú por favor?” – se dignó a mirarme y me extendió su menú. Pinche gente, luego por qué no deja uno propina. Pedí un sandwich de jamón y queso y una coca cola. Más tarde llegó otra mesera quién me entregó el sandwich y también parecía que “amaba” su trabajo tanto como la otra. Esta vez, en vez de engancharme seguí siendo amable y cortés a pesar de su mal genio. Al final sirvió porque cuando le pagué me sonrió – le di propina – y me deseó buenas noches. Parece que la gente no ha de ser muy amable con ellas y al final se dio cuenta que mi intención era tratarla con respeto.

Por la mañana pasé al restaurante y fue cuando caí en cuenta por qué no pensé mal del hotel. El restaurante es el que aparece en la foto de Trip Advisor y se ve más que decente. El desayuno – incluído en la tarifa de la habitación – no estuvo mal, pero decidí irme a lo seguro. Pensé que cuando me hospedo en Holiday Inn en otros países siempre he quedado satisfecho, decidí cambiarme al de Panamá. El único detalle es que se encuentra algo lejos del área donde iba a trabajar ya que, de “City of Knowledge” donde yo estaba, hasta Punta del Este, son casi 45 minutos de camino. Sin embargo, valió la pena ya que quedé casi frente al canal y la vista era extraordinaria. Nuevamente el equilibrio del Universo me había puesto donde tenía que estar.

La vista desde el Hotel del Terror

La vista desde el Holiday Inn – City of Knowledge 🙂

La historia de terror terminó bien y como experiencia la agradezco, pero con el equipo que cargo en cada viaje ya no me vuelvo a arriesgar a los comentarios de Trip Advisor o de Despegar dado que los dueños pueden colocar los únicos comentarios positivos dando una idea errónea de la experiencia de hospedarse en el lugar.

Consejo: Si hay menos de 8 reseñas… mejor no pelarlas y buscar otro lugar.

Abur

Actualización Agosto de 2013

Cambié el título de la entrada porque hubo varias entidades lectoras que se sintieron engañadas por el título. Esperaban encontrarse con una historia que les calara los huesos y se encontraron con una entrada con una experiencia cuyo título, debo aceptar, estuvo exagerado 😉 Así que ahora la llamé “Historia triste… de hotel” 😛