Mi espacio utópico y catártico

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La conspiración de los empleados de salchichonería.

¿A cuántos nos ha pasado que compramos algún producto de salchichonería en nuestro supermercado favorito y al llegar a casa, nos encontramos con una sorpresa, muchas veces desagradable, acerca de lo que pedimos? Por ejemplo, un simple jamón de pechuga de pavo natural en rebanadas delgadas, se transforma en un mazacote de trozos de carne de distintos grosores y texturas que van desde el centro del paquete de jamón, hasta las orillas. Parece que les hicieron un nudo al empaquetar el trozo y se quedó permanentemente marcado en la carne. ¡¡No mamen!!!

He intentado romper la maldición yendo a distintos supermercados en distintos lugares. He usado distintas maneras de hacer mi solicitud: desde hiper amable, que implica usar diminutivos indiscriminadamente:

– Hola. Muy buenos días. ¿Sería tan amable de darme medio kilito de jamoncito de pechuguita de pavo natural  marca XXXXX (coloque aquí la que más le agrade) por favor? Si no es mucha molestia, rebanadas delgaditas por favor. Como si fuera para bebé si fuera usted tan amable.

Y te responden:

– No quiere pechuga salteada YYYYY la tenemos en oferta.

Ah porque ahora son “embajadores” de marca y a huevo te quieren vender algo de la marca que llevan bordada en la cofia o en la batita que les dan. Vamos, eso lo entiendo. Tal vez les den comisión por ventas. Pero si les estoy indicando la marca XXXXX explícitamente, ¿Qué chingados me tienen que llevar la contraria? Ni siquiera la venden bien. Podrían estar preparados con una rebanada de cada producto que quieren vender y realizar el approach de una manera más asertiva.

– ¿Gusta probar este producto que tenemos en oferta? Si le gusta llévese 100 gramos a casa y para la próxima ya sabe que somos una alternativa a XXXXX.

También he llegado con maneras mierderas sin rayar en lo grosero, onda bossy como para que me obedezcan y cumplan mi petición:

– ¡Hey! Quiero medio kilo de perchuga de pavo natural XXXXX. Y te voy a pedir que sean rebanadas delgadas y simétricas porque te juro que regreso, me quejo y devuelvo el jamón si llego a mi casa y no lo encuentro como lo pedí. Sin ofender. Gracias.

¡Carajo! Mismo resultado.

No siempre es el mazacote de carne. A veces parece que todo está bien y que por fin obtuviste lo que pediste, pero no. “Puras habas” – diría mi mamá – Al llegar a las rebanadas de en medio, te encuentras con un pedazo de plástico del empaque o una rebanada pellejuda o grasienta o la “malaondez” que te dejó el que te atendió materializada en rebanadas que, simplemente, no saben igual que las otras. ¡No mamen! ¿Qué pedo? ¿Porqué es tan dificil?

En una muestra de 30 visitas de hasta 5 tiendas y departamentos de salchichonería con pedidos de 4 productos distintos, sólo 12 veces recibí lo que pedí, ni más ni menos. Sólo el 40% de las veces obtienes el servicio y producto que esperas. Es una pésima estadística para un auditoría de control de calidad. Pero no hay alguien que te pregunte acerca de las carnes frías que compras.

– ¿Hola qué tal? Disculpe la pregunta. Cuando consume su producto ¿es lo que había solicitado? ¿Ha cubierto sus expectativas el dependiente que lo atendió?

Ni madres. A nadie le importa, más que a ti, lo que recibes de ese departamento. Curiosamente, está como en el limbo de las tiendas. O hasta atrás escondido en una esquinita y que tengas que recorrer la tienda hasta encontrarla. O en una isla estratégicamente ubicada para que la encuentres a huevo y no se te ocurra llegar a tu casa sin un producto de salchichinería. O sea, como que es parte y como que no.

No sólo es el jamón de pavo. Tambien pasa con jamón serrano e ibérico, salami, jamón gourmet (ese que tiene madre y media en la orilla y que lo hacen ligeramente más rico que el estándar), jamón de pierna de cerdo, en fin. Con cualquier carne que pida en esa mentada área de salchichonería de casi cualquier tienda.

Por esto me pregunto. ¿Habrá una conspiración en la que les han instruído para que el cliente nunca esté satsifecho con sus carnes? ¿Alguien llevará la estadística de cuántos “asociados”, “dependientes”, “empleados”, “ejecutivos de venta al menudeo”, “intermediarios de las carnes frías y el consumidor”, “embajadores de marca”, “técnicos rebanadores salchichoneros” se suicidan al año?

¿Será como los dentistas? Dice la leyenda que tienen el índice más alto de suicidios entre las profesiones. A mi me parece una mamada. Digo, no me late estar oliendo el aliento putrefacto y la halitosis de mis clientes para poder hacer mi trabajo. Pero eso a suicidarme porque me dedico a la dentadura, ya está cabrón.

¿Será que estos seres no son felices y el estar en la isla de la salchichonería necesitan librar su miseria haciendo mal su trabajo?

Son muchas cuestiones… sin respuesta.

Pero llegará el día en que pida jamón de pechuga de pavo natural Zwan en rebanadas delgadas y que estando en casa me encuentre precisamente con eso: rebanadas delgadas de pechuga de pavo natural zwan perfectamente acomodadas. Envueltas cuidadosamente por alguien que sabe lo importante que es hacer cada actividad de su vida, lo mejor posible. No sólo por gusto o profesionalismo, sino porque se crea el hábito de hacer siempre las cosas bien y lo mejor posible.

El proveer de carnes frías adecuadamente a tu cliente te puede hacer mejor persona.

L A.S. H.S.

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La ilusión-desilusión de los reyes magos

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Se dice que hoy llegan los “reyes” en la noche a dejar regalos a los niños en México… Para no variar y siguiendo con la misantropía en mi vida no estoy de acuerdo que existan esas cosas. Hay gente que me dice que es para que los niños tengan la ilusión. ¿La ilusión de qué? ¿De que existen seres sobrenaturales que tienen el poder de llevar juguetes a millones de niños pero no les sirve para detener guerras, crimen y un cúmulo de cosas malas en el planeta? Aparte son pendejos porque a niños que son bullies, malcriados, groseros y patanes les traen los juguetes que les piden y a los que son educados, nobles y bien portados les traen de todo menos lo que pidieron… ¡Qué mamada!

Eso de la “ilusión” fue una idea sembrada por la propaganda que se alimenta de la derrama económica que los desesperados padres provocan al sentirse obligados a regalarle algo a sus hijos porque si no, cuando lleguen al otro día a la escuela y les pregunten,”¿Qué les trajeron los reyes?” no se sientan mal por quedarse atrás.

En fin… a veces un padre en las familias es cuerdo, revolucionario y quiere educar a sus hijos con criterio, diciéndoles la verdad siempre y dejándose de mamadas que no sirven más que para engrosar los bolsillos de los fabricantes de juguetes, tiendas departamentales y todos los eslabones de la cadena económica de la franquicia de los “Reyes” y para desilusionar y decepcionar terriblemente al niño cuando descubre que todos estos años le han mentido, se han burlado de su inocencia y le han estado viendo la cara y tomándole fotos para que quede registro de la ilusión de su “ilusión” al abrir los regalos pensando que un trío de magos sobrenaturales e ineptos les trajeron de todo menos lo que pidió. 

Lo malo es, que cuando un padre tiene cordura a veces el otro padre es borrego, o no tiene criterio o de plano es pendejo como para razonar e imaginar a su hijo viviendo en la verdad y estando por encima de sus compañeritos llenos de “ilusión” y echa a la basura el esfuerzo del otro padre. Solución: decirle a su hijo a escondidas del otro la neta y dejar que el otro padre que es pendejo, sea el engañado y al que le vean la cara haciéndole creer que el niño en cuestión se traga la fábula pueril e inverosímil del gordo inmortal ridículamente vestido de rojo y los dichosos reyes.

Menos mal que todo en esta vida tiene solución 🙂

Aprovecho para agradecer a mis padres la “ilusión” que me vendieron por unos 6 años, fuera de aquella vez que recuerdo con tristeza un 6 de enero. Abriendo mis regalos, les debí de haber dado la más triste sorpresa en esas fechas: salí corriendo de mi habitación a buscar en las medias que mi mamá había confeccionado especialmente para los días de reyes. En ellas depositarían mis regalos que, según dice la leyenda (qué nadie te puede decir de dónde chingados sale la dichosa leyenda), los regalos que te traen dependen de cómo te hayas portado en el año – es decir, no sólo te juzga el obeso mórbido de rojo, también estos 3 cabrones montados en bestias tienen el atrevimiento de juzgar tu comportamiento sin importar las circunstancias individuales de cada quién –

En fin… llegué a las medias y mi cara debe haber sido lo último que esperaban mis padres… pobres. Ahora que lo recuerdo tengo ganas de abrazarlos y de darles las gracias por el esfuerzo. Pero de chiquito pues ni modo, eres toda sinceridad. Yo había pedido las figuras de acción de Star Wars, ya fueran Han Solo, Luke Skywalker, Bobba Fett, R2 D2 o C3 PO.  Cuando vi la caja larga envuelta juré que había recibido, al menos cuatro. Pero oh desilusión: aparecieron 4 figuritas de una marca imitación playmobil de aquellos recién inaugurados 80s: Exin, que nada tenían que ver con la de Star Wars que era Lily Ledi.

Eran como robots alienígenas de un plástico de no tan buen ver (se le notaban las rebabas del ensamblado a los lados) en una cajita mediocremente impresa que semejaba aquellas en las que venían los “monitos” de Star Wars.

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Lloré desconsoladamente y debí haber dicho algo onda “Pinches reyes magos hijos de la chingada. Me porté bien y me trajeron esto.” sólo que no recuerdo exactamente qué dije pero seguro quise decir eso.

Mis papás preocupados me preguntaban si no era lo que yo había pedido. Entonces les expliqué con lujo de detalles lo que yo esperaba y como, lo que había recibido era una mentada de madre para mí…

Ya me imagino a mis padres como locos buscando los caprichos del escuincle, para que al final del día, no hubiera sido lo que él esperaba 😦 Qué distinto hubiera sido si yo hubiera sabido la verdad sobre los reyes y hubiéramos ido juntos, padres e hijos a comprar los regalos; sin prisas, de paseo familiar, todos contentos. Pero el “hubiera” no existe y fue lo que fue. Creo que el siguiente año supe la verdad y así mis padres dejarían de sufrir cada año en la compra de regalos.

Para acabarla de chingar recuerdo que a mis compañeros en la escuela les decía:

– “Si no crees en ellos no te van a traer regalos.”

– “Es que tú te portas mal y como no te van a traer nada, por eso dices que no existen.”

Ahí estaba yo haciendo el ridículo cuando había niños que ya sabían que todo era un vil teatro maquinado para conservar la “ilusión” de ilusos como yo 😦

Padres: no cometan el error borrego de seguir tradiciones estúpidas y sin sentido. Mejor digan la verdad a sus hijos y disfruten estas fiestas búrlandose de los que sí conservan la ilusión y literalmente, creen en Santa Claus.

Abur.


What would XXX do?

Pienso que alguna vez en nuestra vida hemos escuchado a alguien decir la frase: “¿Qué haría _____ en esta situación?” Donde ____ varía dependiendo de la persona, sus creencias o hasta su humor. Los americanos mencionan a Jesús usando “What would Jesus do?” y es el título de esta columna (Me da risa los que usan la palabra “columna” para denominar a sus escritos) entrada.

La semana pasada estuve en San José, Costa Rica y ya tengo una entrada al respecto ya que me gustó la cultura ecológica que ahí se vive – pero eso es tema para otra ocasión – Estando en el hotel y regresando de trabajar con el cliente que fui a visitar, me encontré en una disyuntiva: eran alrededor de las 7 de la noche (8 en México de donde soy ouriundo ;)) y acababa de cerrar la puerta de la habitación del Holiday Inn donde me hospedé. Desabroché el pantalón – había comido abundantemente – me quité los zapatos y calcé unas pantuflas de $40 pesos de supermercado para descansar un poco los pies.

El confort que sentí al estar en mi habitación fue delicioso: 22°C según el clima automático. Las pantuflas acariciaban la planta de mis pies en cada paso. Tenía conmigo una botella con agua que había comprado en el Wal Mart cerca de las oficinas de mi cliente y en el iPad me esperaba un App que recién había comprado para llevar una bitácora.

Me había prometido llegar al hotel e ir a nadar o al gimnasio – generalmente no me cumplo esas “promesas” que surgen de la emoción de un momento de culpa como ese día por haber comido postre y café por gula.

“¡Joder! he comido demasiado hoy así que llegando voy al gym o me echo una buena nadada en la alberca”

Estrictamente hablando, no fue una promesa pero así me la tomo. Ahhh pero la habitación estaba más que deliciosa, me encontraba algo cansado y con el delicioso sopor de cuando al interior de mi panza los procesos digestivos están haciendo su chamba.

“Bueno. 10 minutitos de escuchar música y ver mis correos y luego parto.” – me dije a mi mismo en voz alta y tono condescendiente.

Me puse los audífonos que ahora  llevo cuando vuelo en avión: Unos Sony NC-60 que tienen una excelente fidelidad y además cancelan los sonidos parásitos del ambiente. Al escuchar Pink Floyd en ellos me transporté a una sala de conciertos con mi mismo como único espectador. Me senté en el coach y subí los pies a la cama para poder disfrutar “Hey you” Ahhh tuve un eargasm(orgasmo auditivo) cuando llegó la parte final y gritan: “Hey you, don’t tell me there’s no hope at all. Together we stand, divided we fall.”

Abrí el iPad y me puse a navegar por Apps y me detuve en el Eye Witness del diario británico The Guardian. Las fotografías son impresionantes y puede uno perderse varios minutos observando los detalles, el contexto y los tips de cómo se tomó cada una. Luego se me antojó jugar Plants vs Zombies y fue en ese momento cuando la “promesa” del gimnasio se hizo presente en mi mente.

“Fuck!, pero estoy bien rico” – pensé mientras me estiraba cual perro negro 😉

Apagué la música y me detuve un momento para tomar energías y, según yo, prepararme para ir al quinto piso donde se encontraba la alberca y el gimnasio. Entonce vino la trillada cuestión “Qué es lo que Jesús haría?” Pero ¿por qué Jesús? yo ni siquiera soy católico o religioso. ¿Por qué llegó a mi cabeza eso? … entonces, me quedé en la habitación.

¿Por qué me quedé en la habitación si seguramente Jesús de Nazareth hubiera tomado su túnica y sandalias deportivas para dirigirse al gimnasio?

Bueno, yo no soy Jesús. Soy Rodrigo y como tal, decidí quedarme en la habitación y echar la huevita cual salmón en temporada de desove. Pero el hacerme la pregunta de qué haría otra persona en mi lugar me dejó pensando. A veces actúo de acuerdo a lo que terceros esperan de mi. En el caso de mi vida profesional, es un hecho que a quien reporto espere que haga mi trabajo, pero fuera de eso, pienso que no deberíamos actuar acorde a lo que otros esperan que hagamos.

Alguna vez alguien me cuestionó acerca de convivir con una sobrina que en aquel entonces era menor de edad.

“Güey no mames. Está chiquita. ¿Qué es lo que estás buscando ahí? – recuerdo que me dijo en tono de sorpresa.

“No estoy buscando algo. Me gusta su compañía y en este momento tenemos algo en común de lo cual platicamos y compartimos.” – le contesté; palabras más, palabras menos.

“Pero es que, ¿qué va a pensar la gente? ¿Qué harías si fueras tú su papá? – me cuestionó en un tono inquisitivo.

“Si fuera su padre seguramente respetaría la decisión de mi hija de… Espera. No sé qué chingados haría si lo fuera, pero no lo soy. Creo que te estás proyectando. Has de pensar que voy a hacer algo que tú harías con ella o te tienes alguna especie de celo o incomodidad porque me siento en la libertad de hacer lo que me venga en gana sin preocuparme por gente como tú que hasta lo que no come les hace daño.”

Al final, mi amigo abrió su criterio y entendió mi punto y hasta se disculpó por haberme cuestionado.

Entiendo que por sociedad, tradición, medios de comunicación masivos y el “sentido común”, se pueden pensar cualquier cantidad de cosas de una situación extraordinaria. Y si nos preguntamos antes de actuar qué haría “fulanito de tal” sea Jesús de Nazareth, William Wallace, Batman, Hitler, la madre teresa de Calcuta, Ghandi o quién sea, no pasarían las cosas. No tendríamos oportunidad de vivir, experimentar y a veces equivocarnos.

Según los sacerdotes católicos y su biblia, Jesús era un bienhechor que no le interesaban las mujeres. Yo no lo creo. Si estaba galán, popular y además convertía el agua en vino, estoy seguro que tenía sus very own groupies. Su grupo de fans from hell que en la primera oportunidad le robarían un beso o todo si lo pudieran lograr. No me puedo imaginar un Jesús ajeno a ello, pero según la iglesa católica y en este caso mi amigo, no debería tratar a mi sobrina. Primero porque es menor de edad y segundo porque es eso: mi sobrina.

Mi recomendación, en vez de preguntarnos ¿qué haría XYZ en tal situación? podríamos preguntarnos lo siguiente:

  1. Si lo que haré va a afectarme o a terceros.
  2. Si al hacerlo obtendré algún beneficio, conocimiento, experiencia o simplemente seré mejor persona haciéndolo que dejándolo de hacer.
  3. Si al no hacerlo me sentiré inquieto o a disgusto por la omisión.

No soy autoridad moral, pero escribo lo que pienso y lo que vivo. Si te sirve amable lector, te lo regalo. Si no… bueno, te entretuve unos minutos 😉

Abur.


El mejor regalo del día del padre.. para el hijo

Horno cool

Horno cool

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Hoy es otro de esos días comerciales impuestos por la tradición en un afán de recordar a una de las partes que nos dio la vida, crió y nos dio una oportunidad para estar en este planeta: nuestro padre.

Respeto al mío y la mayoría del tiempo podemos comunicarnos bien y tener conversaciones enriquecedoras. Todavía nos reímos y podemos enojarnos con los comentaristas de box. Claro, como todos y cualquier persona, tiene sus detalles no tan agradables y otros que rayan en la incomodidad y molestia. Pero no deja de ser mi padre y no dejo tampoco de quererlo. Hoy tuve una desilusión que, en pocos minutos, convertí en alegría y en algo sumamente valioso.

Mi papá siempre ha sido la persona que más me agobia al querer hacerle un regalo. Desde hace 15 años que empecé a trabajar, quise darle presentes que expresaran mi agradecimiento y admiración aprovechando ocasiones como su cumpleaños o, como esta vez, el famoso día del padre. Las historias son varias, así que sólo compartiré las más representativas.

Alguna vez, estuve recorriendo tiendas durante días de nevadas por las calles de Munich. Quería encontrar una Meisterstück de Mont Blanc que no fuera la “clásica” negra que tiene todo el mundo. Encontré una color marrón que parecía dedicada a la realeza. La pluma está guardada en algún lugar de su oficina. Nunca se la he visto en la bolsa de la camisa o que siquiera la use.

En otra ocasión, llegué a oler decenas de fragancias y a donde llegara, incluso en los SkyMall y tiendas de aeropuertos, preguntaba y pedía muestras. Quería darle opciones para comprar la loción perfecta para él. Sin embargo, al llegar y preguntarle y decirle y mostrarle, él prefirió su loción de siempre: Guerlain Vetiver que, por cierto, tenía dos botellas sin abrir todavía.

Varias veces he querido invitarlo a un restaurante de mejor categoría que los Vips, Toks que, por cierto, le encantan. Casi en todas las ocasiones y salvo una o dos excepciones, se siente incómodo y termina peleándose con el mesero, el gerente o al que ose traer su corte menos que bien cocido o sus ya famosos “dos chipotles aparte” No es buena idea ir a comer con él.

La única vez que le ha gustado un regalo y que usa prácticamente todos los días fue la vez que le regalé un Gameboy rojo que le traje de los Estados Unidos cuando aquí todavía no llegaban. Recuerdo que no estaba tan seguro porque era rojo, pero era el único que había. Tenía un solo cartucho con un juego muy parecido a Tetris; pero a él le encantó. Hasta la fecha, lo juega antes de dormir y a veces o por la mañana para distraerse. Dado que se “comía” las baterías en menos de una semana, optó por comprarle un eliminador y un adaptador para la corriente; mismo que ha mandado reparar como 3 veces de que se trozan los alambres por el uso. Fue el mejor regalo que jamás le haya dado.

El día de ayer pensé que tenía otro regalo que podría ser útil, que no guardaría o le haría cara como los otros fuera del Gameboy. Había escuchado que se quejó alguna vez con mi mamá de no poder calentar su comida porque se había descompuesto el microondas de su oficina. El viernes aún no había ido el “técnico” que llamó para que se lo reparara, así que pensé: “un nuevo horno de microondas para su oficina será el regalo perfecto parte 2”. Lo usaría todos los días, se evitaría de esperar la reparación del otro y además le permitiría tener café caliente y tal vez saciar el antojo de comer palomitas de maíz o una maruchan.

Cerca de las 9 de la noche estaba ya en WalMart comprando el microondas. No tenía que ser el más caro, tenía que ser pequeño, elegante y fácil de usar – mi padre, como la mayoría de las personas mayores de 65 años, no comulga, ni tiene interés en la tecnología. Hace uso de ella sólo que le sea indispensable – por lo que opté por un LG pequeñito con puerta de aluminio y cristal negro que se veía elegante.

Hoy por la mañana saliendo a desayunar quise darle la sorpresa. Le pedí que abriera la cajuela de su coche para que me ayudara con algo. Estaba ansioso por ver su cara al ver el microondas y saber que mañana podría calentar su comida, café, o lo que fuera. Al abrir la cajuela y sacar la caja le dije: “Es para ti, lo compré para que ya no sufras con el tuyo que está sin servir”

Silencio.

Una pequeña mueca con la boca medio abierta fue todo lo que acertó a expresar.

Más segundos… más silencio.

Al ver su cara, el corazón me dio un vuelco y la expectativa se tornó en decepción.

“¿No te gustó? ¿Está muy grande?” –le cuestioné rompiendo el silencio incómodo que se generó. “No. No es eso.” “Es que el mío todavía está en garantía y pues ya lo voy a reparar.” – me dijo él con un tono que no acerté a descifrar.

He desarrollado cierta habilidad para descifrar diversos comportamientos en algunas personas: Clientes, amistades familiares y gente que acabo de conocer. Pero con mi padre, es imposible saber qué piensa o por qué hace lo que hace.

“Ok, te lo dejo en la cajuela y al rato vemos.” –  cerré la conversación y me subí a mi auto.

Odio cuando una situación me descontrola y esta vez odié más porque una lágrima peleaba por salir de un ojo.

“¿A dónde vas cabrona lágrima?” “No se te ocurra salir ahorita” – Me acomodé las gafas de sol y camuflé mi decepción e impotencia con lo que acababa de suceder.

Suena ridículo y simplista. Pero era mucha la expectativa de que después de años, por fin iba a poder regalar a mi papá algo que le gustara y el que se hubiera caído en sólo 5 segundos golpeó duramente mi orgullo y sistema emocional.

Ya en el coche conduciendo y teniendo la odisea de ver dónde desayunar, volví a tomar color y tranquilidad. El esquivar microbuses y la plática que derivó de encontrar periférico cerrado por la carrera del día del padre lograron la magia: paz.

Llegando a su casa le pedí la caja del microondas comentando que no se preocupara, dado que estaba cerrado y la compra había sido apenas ayer, lo iba a regresar y no habría cargo extra ni nada. Dudó en aceptarlo cuando mi mamá comentó que era mejor tener uno nuevo que esperar a que le repararan el viejo, pero interrumpí la escena metiendo el horno a la cajuela de mi coche.

Esto pudo ser un capítulo más de la serie “Dale de regalo a tu padre algo que no le guste y que no use” pero no me enganché. Quise compartir lo que pasó por mi mente antes de llegar a comprender nuevamente el equilibrio de las cosas en el universo, por más ridículo que suene.

Mi padre es así, es difícil de complacer y casi siempre pone un “pero” a las cosas. Si compro algo, siempre pregunta el precio y sale con que él lo puede conseguir más barato a excepción de cuando hablo de cualquier cosa con chips o metales que no entiende.

Cuando iba en tercero de primaria hubo una competencia de natación. Me partí el lomo y luché contra un calambre y contra el chavito que ganó el primer lugar. Al terminar y salir de la alberca volteé hacia las gradas buscando a mis papás con la convicción de que habían notado el titánico esfuerzo que acababa de hacer. No fue así. El recuerdo de mi papá moviendo la cabeza oscilando de lado a lado mientras levantaba su mano con el pulgar apuntando hacia abajo en desaprobación, todavía me estremece y hace que me duela el pecho al recordarlo.

Así es él. No piensa en lastimar a alguien al ser como es. Es su forma de ser y su cariño lo ha demostrado siempre proveyendo lo que necesitábamos, preguntando cómo nos iba en la escuela, el trabajo, etc. Haciendo todo por satisfacer nuestros caprichos: mi Commodore 64, mi primer cámara fotográfica, el Atari, el reproductor de CDs para la casa en los 80s, las llantas y el equipo de sonido para el coche que él manejaba pero que nosotros presumíamos, toda la escuela de mi hermano y la mía, vacaciones dos o tres veces al año, los Reebok, luego los Nike, los Guess, los RayBan, mi tarjeta de crédito y un larguísimo etc. No nos ha fallado y ahora que a mí me cuestan las cosas, me doy cuenta que debe haber sido un esfuerzo brutal de su parte para que no nos faltara eso y más.

Sus regalos favoritos que le damos son el platicar con orgullo cada vez que salgo de viaje. Contar a los familiares que compré un coche deportivo o que cambio de computadora más que de calzones. Él puede ver que su esfuerzo no se fue a la basura del todo; hasta eso, no salí tan mal 😉

Gracias a que fui ayer a comprar su horno, encontré que los electrónicos tienen descuento y están a 24 meses en WalMart. Quiero regalarme una pantalla de LED y gracias a que fui por su regalo ahora no será de 40” sino de 46”y por el mismo precio.

Entonces, recordando las veces que ando sufriendo – por mi elección porque el único que se pone en posición incómoda soy yo – buscando qué regalarle, siempre ha habido algo positivo y una sorpresa que resulta ser un regalo para mí.

Me siento egoísta porque ahora me doy cuenta que quiero ver su rostro de satisfacción al darle mi regalo. Sí pienso en él y en qué le puede gustarle o serle útil, pero estoy esperando su aprobación. ¿Entonces el regalo es para él o es para mi?

Finalmente, él es como yo; o más bien, yo soy como él. A mí tampoco me gustan mucho los regalos. Prefiero comprarme las cosas porque siento que nadie me da lo que realmente me gustaría… hmm ¿Entonces de qué me quejo?

Ambos somos felices como estamos. Yo no tengo problema si no me felicitan en mi cumpleaños o si no me dan regalos, él es así también. Es feliz teniéndonos cerca y estando con mi mamá. Los que buscamos regalarnos algo al darle a él, somos los demás.

Lo admiro y me siento contento de tenerlo conmigo al igual que a mi mamá.

Gracias por el regalo papá. Porque sin saberlo, el que me regaló algo muy valioso desde que nací y  esta vez hoy, eres tú…

Feliz día del padre.


Los contrastes en México

Esta semana visité algunos clientes por el área de Bosques de las Lomas que está a un cruce de cerro de Santa Fe; ambas zonas de alta plusvalía en la ciudad de México. Tomé una ruta que me evita, precisamente, el cruzar el cerro por debajo viniendo de Santa Fe y me encontré a mi izquierda con esta vista:

Contrastes

Un conjunto de colorido de casitas sin terminar edificadas en el cerro. Ropa tendida a la vista, maleza creciendo sin control a su alrededor y sin presencia de calles o medios de acceso, llamémosle “decentes”. A la derecha se ve un edificio nuevo emergiendo del fondo de la barranca. La entrada frontal al edificio, es la clásica con una caseta de seguridad, un pequeño lobby y su fuentecita coqueta que no sirve de nada más que de vista. No tomé la foto porque la gente de seguridad luego es algo paranoide a pesar de que mi look, creo yo, no es de secuestrador y mi coche no está tan jodido para la zona. Opté por evitarme momentos de discusiones futiles e innecesarias.

Ya en mi cita, algunos metros delante de esta escena, tuve a bien comenzar la rutina de análisis de los equipos de mi cliente. Cabe mencionar, es una delicia el otorgarles mis servicios. Fuera de la servidumbre que se creen los patrones de quien sirven, estas personas me reciben siempre con una sonrisa, me ofrecen literalmente lo que quiera: un sandwich, un café gourmet, galletas, etc. (: así da gusto atenderlos y procuro dar siempre más de mis servicios.

En fin, la vista desde ahí era completamente distinta a la realidad unos metros más abajo.

No tiene nada de malo. Hay gente que hereda el dinero que tiene. Otros lo hacen trabajando duro. Otros lo roban, pero lo tienen 😐 Es sólo una oportunidad para reflexionar al respecto. Yo no puedo imaginarme qué pueden pensar a cada lado de la barranca. Unos que tienen de vista unas casas destartaladas y feas. Haber pagado cifras groseras para tener un departamento en Bosques de las Lomas y tener de vista, no un bosque de árboles, sino un bosque de casuchas.

Por otro lado, alguien que vive en esas casas cuya vista es una serie de edificios y casas donde solamente el auto cuesta más dinero que 10 de esas mismas casas en donde vive. En algunos edificios se aprecia el roof garden con barandales de cristal que permiten ver qué sucede en ellos: las palmeras, asoleaderos, albercas, fiestas, etc. ¿Qué pudiera pasar por la cabeza de alguien que vive a pocos metros de esa opulencia? Yo no lo sé, ni me lo puedo imaginar. Sólo me queda compartirles los contrastes en México